«Aquel día que vimos a Fidel por estas lomas supimos que algo grande pasaría. Un tiempo después, volvió, nos hizo una promesa, y la cumplió: la montaña nunca más estaría abandonada».
 
Así lo dice, a sus 86 años, el abuelo Eliecer, un guajiro «nací 'o» y «cria' o» en las faldas de la serranía oriental, hasta donde un día escaló la Revolución para convertirse en arroyo permanente de conquistas sociales y anhelos dignificados.  
 

Ofrendas florales a nombre del General de Ejército Raúl Castro Ruz y del Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, fueron colocadas en los monumentos funerarios de Martí y Fidel en el cementerio patrimonial de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, en ocasión del aniversario 65 del desembarco del yate Granma y Día de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
 

Hay fuegos que no se apagan nunca. Y hay verdades que no necesitan ser nombradas. Es por ello que cada vez que una victoria remueve las emociones de esta Isla, ahí está él desde la sobrevida que agiganta su presencia vital.
 
Cada vez que un desafío nuevo nos convida a reinventarnos ante tantas zancadillas imperiales, ahí está él, hecho torrente de acción y pensamiento para recordarnos que la obra no es perfecta, pero sí genuina, y sobre todo, nuestra.
 

Pudo haberse conformado con la belleza, la inteligencia y la comodidad material que heredó desde la cuna y, sin embargo, la esencia que la habitó siempre fue la de su hondura humana, la entereza de su personalidad, su afán creador y esa capacidad tan suya de hacer parecer sencillo lo extraordinario.
 
Pudo vivir como «princesa» y escogió ser rebelde; pudo darle la espalda al dolor ajeno de los sin nada y, sin embargo, prefirió hacerle frente a la opresión que sufrían los pobres de su tierra, con quienes se propuso «echar su suerte».
 

Tan sagrada como la vida misma suele ser la fibra hermosa que mueve los resortes de una verdadera nación: el derecho legítimo de su pueblo a no tener amos.
 
En la Cuba de 1953, esa certeza latía agazapada en el pecho de sus hijos dignos, asqueados de los ultrajes y el terror perpetrados por la dictadura de Fulgencio Batista.   
 

Me despertaron aquella mañana a las seis.
Había ruido, gritos, fui cerrando de nuevo los ojos hasta quedarme
profundamente dormido.
Soñé que dios bajaba
caramelos hasta las hojas moradas de los árboles del parque,
que tenía un camioncito nuevo.
En el golfo, el Granma avanzaba
rajando la niebla.
 
Poema, de Luis Rogelio Nogueras

 

Cuando se ha conquistado el alma de un pueblo no existe nunca despedida posible, ni verbo en pasado que amilane la legítima presencia de un hombre de luz en todo tiempo.
 
Es el mérito ganado para quien supo amar y fundar. Un hombre por encima de su época y de su obra. Un hombre que no cabe en una crónica, ni en un libro. Un hombre que es una Isla y un continente. Un hombre verdad y justicia.
 

No pudo haber mejor homenaje a la gesta gloriosa del Moncada, en su aniversario 67, que la masiva movilización de todos los sectores de la sociedad hacia la que constituye hoy la primera prioridad para el país: la revitalización de la economía nacional.
 
Acontecimiento sagrado en sus vidas, a la gesta del Moncada dedicaron los santiagueros resultados significativos, como la siembra de 52 000 hectáreas de diversos cultivos y la terminación de más de 250 obras de beneficio a la población.
 

Cuando un país «sangra» profusamente por los vejámenes de una dictadura despiadada, no existe otra solución posible que suturar esa herida al costo que sea necesario.
 
Así vivía la Cuba de 1953. Hambre, miseria, desempleo, desalojos, analfabetismo, muertes… Demasiados atropellos a la dignidad de un pueblo que sabía, de antemano, cómo sacudirse la opresión.