Hacía un buen frío y llegó inesperadamente un amigo (1). Sin apenas saludarme me dijo, “Vístete que vamos a un lugar”. Me puse cualquier ropa y le pregunté: “¿Adónde vamos?”. “Cerca de aquí, en el mismo Vedado”. En el trayecto dijo: “Me voy a ʻlimpiarʾ contigo”, y sonrió socarronamente. Hacía tiempo que no hablamos ni por teléfono, estaba en sus enredos habituales de crear y desarrollar proyectos.
Durante varios años tuve el inmenso privilegio de recibir clases de economía de Asia, cambio climático y otros aspectos bastante difíciles de entender, en calidad de única alumna del Dr Ramón Pichts y de su compañera, la máster Gladys Hernández.
En muchos atardeceres, cuando mi vecino Ramón estaba con su pie en alto, viendo la Mesa redonda u otro espacio televisivo, y Gladys cocinaba, yo llegaba con mis preguntas a cuestas porque mis vecinos eran parte integrante del Centro de investigaciones de la Economía Mundial, CIEM, que este 19 de noviembre cumple 35 años.
Cincuenta y cinco años atrás (se dice fácil) monté en un caballo blanco y cremita, “un penco” al decir de mi Papá que lo atendía “a piso”, algo así como estar pendiente del animal en la finca El tanque que le cuidaba a un casi terrateniente holguinero. Allí pasé desde mis tres o cuatro años hasta los nueve. Mis padres no me dejaban ir sola al fondo, porque en el límite de lo que era el barrio La chomba había un burdel, dicho en forma fina, (bayú era como decían mis viejos y mis hermanos) al que iban guardias de Fulgencio Batista y a cada rato había una bronca, con tiros y todo.