El séptimo día de diciembre marcó un hito para los cubanos desde el mismísimo año 1896, cuando proyectiles enemigos lograron lo que 26 heridas no habían podido en su cuerpo de bronce.
 
Ante Maceo –nunca verdaderamente muerto– se inclinaron generaciones enteras, a contrapelo de lo que la historia deparó tras la intervención estadounidense en una guerra ganada por las tropas mambisas y del tsunami político de gobiernos entreguistas que sobrevinieron después.
 

Han transcurrido más de 30 años desde que el ejercicio de la profesión me llevó, sin sospecharlo ni proponérmelo, ante él. Tenía apenas 16 años de edad, aunque al verlo me pareció que eran menos. Minutos antes, algún combatiente había hecho referencia a su conmovedora historia y no quise continuar mi periplo por el Flanco Sudoccidental Angolano sin ver al hijo de todos los cubanos.
 

Es imposible concebir un programa docente, una conferencia, una clase que no contenga o beba de sus conocimientos y de sus aportes
 
No debe haber una sola actividad, labor, arista o esfera asociada a la agricultura en la que no esté el sello, la sabiduría de Fidel.
 

Sin bajar la temperatura, el Bastión 2024 pone en manos seguras, hoy sábado, las llaves de una jornada no menos estratégica y cada vez más necesaria: el Día Nacional de la Defensa.
 
Su única o principal razón no es el imperativo de seguir preparándonos frente a la demencial obstinación de un enemigo que sigue empecinado en apoderarse de Cuba (no importa cómo), someter al país, esclavizarlo sin el menor escrúpulo…
 

A testigos presenciales, aún vivos, les basta con cerrar los ojos. Para quienes vieron (doble) luz después de aquel 8 de enero de 1959, ahí permanecen, intactas –como aspirando el oxígeno de este 2025–, imágenes captadas por lentes que abrían una y otra vez cortinas, empeñados en congelar para la historia lo nunca visto.
 

De muerte no escribiré una línea. Rehúso hablar de lo que no es real. Es tan relativo ese (denominado) «último adiós» cuando se trata de seres divinamente humanos o humanamente divinos, con pulmones aptos para que generaciones enteras respiren aire puro «por los siglos de los siglos»…
 

Quizá muchos nos preguntamos alguna vez qué hubiese sido de Fidel si no deja atrás las comodidades que en el horizonte le tendía Birán, para entregarse por completo a cimentar las bases libertarias de Cuba, asaltar el Moncada, fundar el Movimiento 26 de Julio, preparar la expedición del Granma, desembarcar, encabezar la lucha guerrillera en plena sierra, triunfar y continuar, hasta el final de su vida, sin un minuto de calma.

Nadie podría responderlo, sobre todo porque aún no he conocido a alguien que lo imagine de otro modo. Es que nació para ser Él.

A 30 años de que retornaran nuestros últimos internacionalistas de Angola, más me convenzo de que, además de militar, la victoria sobre Sudáfrica y sus aliados fue un triunfo profundamente humano.
 
Miles de testigos y protagonistas pudieran escribir libros enteros o permanecer horas reviviendo momentos trascendentales durante acciones y combates a lo largo de tres lustros.
 

No. El semblante del pequeño Leo no es el habitual. A diferencia de ese brillo, siempre en sano contubernio con la intranquilidad propia de los primeros años (sobre todo en estos modernos tiempos) hay en él una mezcla de melancolía con preocupación.
 
Mamá —dice, por fin— ¿entonces es verdad que Fidel y Raúl eran hermanos?
 
— Sí, Leo; hermanos y siempre se quisieron mucho, como tú y Gabriela.
 
El niño queda pensativo durante unos segundos, inmerso quién sabe en qué meditaciones, hasta que vuelve a la carga: