Tu cuerpo marcha a Santiago, hacia ese paraje imperecedero que tienen los grandes, los que burlan las campanadas del tiempo. Caminas sobre los hombros de ese mismo pueblo que ha llorado tanto, que sigue amándote más allá de lo posible y no deja de decir tu nombre. Revives esa ruta que hiciste memorable, como todo lo que tus manos cálidas han tocado.
Sabes, porque lo sabes, que hombres de tu talla no mueren, solo crecen. No bastan entonces las palabras, simplemente no alcanzan, para describir «eso» que a los ojos de la gente te hace, Comandante, eterno.
Poco a poco la noticia se esparció como pólvora, de punta a cabo en este verde caimán, en medio de la, hasta ese entonces, apacible madrugada. Muchos, atónitos, encendían el televisor para confirmar que lo escuchado por voz de un amigo, más que una pesadilla, era una dura realidad. El líder de la revolución cubana Fidel Castro Ruz, había partido del reino de este mundo rumbo a la inmortalidad. En ese momento, algunos no pudieron evitar las lágrimas.