[…] Porque entre Maceo y Máximo Gómez existió siempre un gran cariño, una gran admiración y un gran respeto. Máximo Gómez fue maestro de Maceo, y Maceo fue el más brillante alumno de Máximo Gómez, señaló Fidel Castro.Foto: Cortesía del autor

El 20 de agosto de 1998, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, visitó la República Dominicana. Admirarador sincero del Generalísimo Máximo Gómez Báez, el ilustre dominicano que hiciera de Cuba su Patria adoptiva y de su independencia el sentido de la vida, viajó a Baní, cuna del prócer, para rendirle tributo.

Para los cubanos, México, por diversas razones, es sagrado. Como dijera el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz aquí, en Santiago de la Peña, en diciembre de 1988, no se trata de un país amigo, sino de una nación hermana. A lo largo de la historia, la Patria de Benito Juárez ha sido refugio seguro y hospitalario de revolucionarios y emigrados de todo el mundo. En las más diversas épocas, los patriotas cubanos, han tenido en ella una segunda Patria.
 

El 20 de agosto de 1998, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, visitó la República Dominicana. Admirarador sincero del Generalísimo Máximo Gómez Báez, el ilustre dominicano que hiciera de Cuba su Patria adoptiva y de su independencia el sentido de la vida, viajó a Baní, cuna del prócer, para rendirle tributo.
 

El 19 de abril de 1961 en las arenas de Playa Girón, un ejército de pueblo o un pueblo en armas, como prefiramos llamarle, derrotaba de manera aplastante la invasión minuciosamente preparada por el gobierno de los Estados Unidos. La victoria de Playa Girón ha pasado a la historia como la “primera gran derrota” del imperialismo yanqui en América.
 

El 19 de abril de 1961 en las arenas de Playa Girón, un ejército de pueblo o un pueblo en armas, como prefiramos llamarle, derrotaba de manera aplastante la invasión minuciosamente preparada por el gobierno de los Estados Unidos. La victoria de Playa Girón ha pasado a la historia como la “primera gran derrota” del imperialismo yanqui en América.
 

Resulta verdaderamente difícil pronunciar palabras en estos días luctuosos en que la Patria ha dado sepultura al más puro, sencillo, visionario y ejemplar de sus hijos, al revolucionario incansable, tenaz e inspirador, que desafió victoriosamente lo imposible, para dejar una impronta de resistencia, optimismo, fe en la victoria y solidaridad, que ha marcado la forja de un pueblo, agradecido e identificado con su vida virtuosa.

La vida de un revolucionario se resume en un batallar sin tregua, sin reposo, en pos de una causa. Llevados por una fe inquebrantable en la victoria, permanente espíritu de optimismo, y movidos por los más puros valores y convicciones que alimentan las ideas, los revolucionarios son capaces de desafiar tempestades y cambiar el mundo.
 

Pareciera que la historia, en uno de sus ciclos recurrentes, estuviera destinada a otorgar a Cuba un protagonismo excepcional en momentos cruciales de la humanidad. Lo fue en 1898, cuando la isla sirvió de polígono experimental a la primera guerra imperialista por el reparto del mundo. También en 1962 durante la Crisis de Octubre, de los Misiles o del Caribe, como indistintamente se le ha dado en llamar. Nunca antes, y hasta hoy, la vida en el planeta estuvo tan cercana de la desaparición y el holocausto, bajo la sombra oscura de un invierno nuclear.