Acababa de leer las Reflexiones de Fidel sobre la Batalla de Girón, que me llegaron por varias vías y, en la tarde, salí a caminar al patio. Apenas daba mi primera vuelta se me unió un conocido. Me dijo: “¿caminamos juntos?” Y le respondí: “¡Claro!” Sin mas acá ni mas allá, me lanzó una pregunta: “Fidel, ¿es bueno o es malo?” Lo miré, buscando el fondo de su interrogante. Por supuesto, que la hizo con mucho respeto, y reciprocándole, comencé a responderle, aunque estaba consciente de que él ya tenía un criterio acerca de esa, aparentemente casual, pregunta.  Traté de ser conciso, explicándole lo que era Cuba antes del 1 de enero de 1959 y la obra, sin precedentes en toda la América, que había hecho la Revolución.

Una fuente de luz, más que probada,
surtidora de juicio y la bravura;
Una voz incansable, voz segura,
que tiene en la franqueza su morada,
Un corazón, paloma agigantada,
que no teme a los vientos ni a la altura;
Una senda de lucha, justa y pura,
hecha junto a Martí desde un Moncada;
Un Granma navegante decoroso;
Una Sierra guardiana del laurel;
Un Enero por siempre victorioso;
Un Girón que levanta el rifle fiel;
Un pueblo invencible y generoso,
todo eso, y mucho más, eres Fidel.

A usted, fiel combatiente que incendió
la aurora decisiva de la independencia
con el esfuerzo de sus nobles entrañas.

A usted, conductor incansable que ha guiado
la ruta de la historia por el honor,
la hermandad, la sólida esperanza.

A usted, invicto soldado que cabalga
sin miedo hacia el sol de la muerte
enfrentando al más brutal imperio.

A usted, que viene y va entre verdades
y lleva en sus manos un corazón gigante
ofreciéndolo con altruismo al mundo.

A usted,
que es pueblo en el pueblo,