Hay una imagen recreada por Margarita Yourcenar en uno de sus libros que me gusta mucho. Habla de ciertas tribus nómadas del Amazonas en la que los indios, al marcharse de los lugares donde han sido felices, cargan consigo unos manojos de juncos que utilizan en cestería y cuya virtud principal consiste en exhalar, si el tiempo es de lluvia, el olor que fue suyo meses y años atrás, cuando todavía eran verdes y frescos a la orilla de los arroyuelos.

Cientos de miles de fidelistas en la Plaza. Rostros de dolor y sobrecogimiento desbordaron el mismo sitio donde tantas veces lo buscamos a él. Un Martí tenuemente iluminado asistía  a la despedida de su discípulo más devoto, al Fidel que prometío y cumplió.

Trato de entender desde niña, tu dimensión. Y no es hasta ahora que sucede, en que la madurez me lleva a reconocer ese plano, para el cual ateas como yo, no estuvimos preparadas. Sin embargo la vida nos situó junto a ti, en un momento espiritual trascendente.
 
Corría el tercer mes del año 1995. Para ese momento estuvimos trabajando sin descanso, junto a los trabajadores de la televisión. Llevábamos dos días en el montaje de aquella que sería la transmisión del Centenario del Desembarco de José Martí por Playitas de Cajobabo.