Miseria, desalojos, hambre, invisibilidad… No puede describirse de otra manera la realidad del campesinado cubano antes de aquel enero de libertad, que barrió de un golpe tanta ignominia, que desterró para siempre de los campos el letargo de quien sufre silenciado.
 
«…Cien mil agricultores pequeños, que viven y mueren trabajando una tierra que no es suya, contemplándola siempre tristemente como Moisés a la tierra prometida».
 

Tu cuerpo marcha a Santiago, hacia ese paraje imperecedero que tienen los grandes, los que burlan las campanadas del tiempo. Caminas sobre los hombros de ese mismo pueblo que ha llorado tanto, que sigue amándote más allá de lo posible y no deja de decir tu nombre. Revives esa ruta que hiciste memorable, como todo lo que tus manos cálidas han tocado.
 
Sabes, porque lo sabes, que hombres de tu talla no mueren, solo crecen. No bastan entonces las palabras, simplemente no alcanzan, para describir «eso» que a los ojos de la gente te hace, Co­man­dante, eterno.
 

Cuando Rosa Isabel Gai­llard Domínguez cursaba los últimos años en la Escuela Normal para Maestros, triunfa la Revolución. «Viví entonces momentos inolvidables», afirma, y entre estos recuerda el paso de la Caravana de la Libertad, y a Fidel.
 
Fue un 17 de enero que revive con mucho cariño. «Ese día arribaron un grupo de carros, los barbudos iban manejando. Una vez que llegaron a Guanajay, empecé a buscar a ese incipiente líder, junto a una compañera de estudios. Íbamos mirando cada carro».