Al margen de la riqueza de un texto, estrecheces al leerlo y difundirlo pueden empobrecer su interpretación. Parece ocurrir con el discurso pronunciado por Fidel Castro en el Aula Magna de la Universidad de La Habana el 17 de noviembre de 2005, del cual suelen citarse solamente las líneas que afirman que Cuba y su Revolución podrían autodestruirse, “y sería culpa nuestra”. Son líneas importantes, sin duda; pero no están sostenidas en el aire.
En la visualidad auroral del acto con que nuevamente el pueblo cubano −¡el pueblo cubano!, no perversas falsificaciones de él− ratificó el pasado sábado, 17 de julio, su lealtad a la patria y su consecuente conciencia antiimperialista, el monumento a las víctimas del desastre del acorazado Maine tuvo un lugar ostensible. Ese monumento recuerda uno de los pretextos que a lo largo del tiempo el imperialismo estadounidense ha usado en sus voraces planes injerencistas.
Al general de Ejército Raúl Castro se debe una de las más precisas valoraciones hechas acerca del Comandante que puso a Cuba en el mapa del mundo: “Fidel es Fidel, todos lo sabemos bien, Fidel es insustituible y el pueblo continuará su obra cuando ya no esté físicamente. Aunque siempre lo estarán sus ideas, que han hecho posible levantar el bastión de dignidad y justicia que nuestro país representa”.
Es difícil, si no imposible, pensar en la acción revolucionaria del 26 de julio de 1953 y no tener presente a José Martí. No solo porque esa acción le rindió, en el año de su centenario, un homenaje concebido para defender su legado en medio de una república medularmente contraria a la que él quería para su patria.
A las gestas que le dieron a Cuba independencia y soberanía, y cimientos para la justicia social, le rinde profundo homenaje el proceso del cual está surgiendo su nueva Constitución. Será un logro relevante en una historia que –si de cultura jurídica propia se trata– viene de la Asamblea de Guáimaro. Esta, celebrada en medio de las contradicciones de una nación que se fraguaba en la gesta desatada meses antes, el 10 de octubre de 1868, fue imperfecta, pero abrió un camino de civilidad y siembra republicana para las ideas y los actos revolucionarios.
Tras la noticia de su muerte y durante las correspondientes honras fúnebres se corroboró la capacidad de irradiación vital que Fidel Castro conservaba y continúa trasmitiendo.
Desde que se acuñó para nombrar una forma de funcionamiento social en la Grecia culta y fértil, pero esclavista, el término democracia —etimológicamente, poder del pueblo— ha venido cargando con realidades y embustes, logros y manquedades, en proporciones varias. Así y todo, constituye un desiderátum de la mayor importancia para la humanidad.
En la Plaza de la Revolución José Martí, el pasado 29 de noviembre, mientras se le rendía homenaje multitudinario al líder fallecido cuatro días antes, Nicolás Maduro contó que, pocos años atrás, en medio de una conversación premonitoria en muchos sentidos, Fidel les dijo a él y a Evo Morales: “Yo hice ya mi parte. Ahora les toca a ustedes”.
Desde el seno mismo de la obra revolucionaria que él fundó, de distintos modos se ha dicho que nadie volverá a tener en Cuba la autoridad que décadas de consagración a su pueblo concentraron legítimamente en Fidel Castro. Al vaticinio se suma la comprensión de que se trata de un ser humano cuyos cargos podrán o deberán necesariamente ser ocupados por otros, pero él —de tan excepcional— es insustituible.