En la calle Penitenciaria, a pocas cuadras del centro histórico de la Ciudad de México, hay una casa detenida en el tiempo, reticente a olvidar el momento en el que se convirtió en una inesperada protagonista del futuro de Cuba con el encuentro entre Fidel Castro y el luchador Arsacio Vanegas.
 
La fachada blanca da paso al hogar de Irma Vanegas, de 84 años, y sus hijos; una estampa que no distaría de cualquier familia capitalina si no fuera porque hace seis décadas estas paredes sirvieron de refugio a 45 de los cubanos que más tarde embarcarían en el Granma.