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Adalberto Ríos Szalay es un profesional del lente nacido en Morelos, México, en 1943.
Su crédito, mundialmente conocido, rubrica su talento en publicaciones como las revistas National Geographic y Escala de Aeroméxico, y en periódicos como el Regional del Sur, Reforma, El Norte, de Monterrey y Mural, de Guadalajara, por solo mencionar algunos de la larga lista que engrosa su currículum.
Es cierto que el presbítero Félix Varela nos enseñó a pensar, pero a pensar en nosotros y hacia nuestros ideales, pero también es cierto que José Martí esclareció con su pensamiento cuáles debían ser nuestros ideales y cómo enfrentar el pensamiento hegemónico del Norte al que calificó de «revuelto y brutal». Su apotegma de Patria es Humanidad ha adquirido con la Revolución Cubana su más claro sentido.
El concepto de Revolución enunciado por Fidel ante la multitud reunida en la Plaza el Primero de Mayo del 2000 encierra uno de los legados más relevantes de su liderazgo a la teoría y la práctica socialistas, tanto por la riqueza de su contenido como por su significado histórico.
Es el mejor de los tiempos, es el peor de los tiempos, es el tiempo de la sobreabundancia de información, y también de la desinformación; de las creencias y las incredulidades; una era de luces y sombras. Caminamos horizontalmente hacia el futuro... Estos tiempos son parecidos a aquellos, pero no son iguales. El 2016 marcó un hito en la modernidad cubana. Y tan grande y cabal ha sido esa época que para algunos solo vale el grado superlativo.
Siempre asumí que en el hombre que estremecía con la espontaneidad de sus discursos habría también mucho de picardía. Como cualquier joven común de Cuba, alejado de las formalidades y los convencionalismos, deseaba descubrir a ese Fidel que no necesita apellido entre nosotros para ser identificado.
Y aunque siempre prevaleció en él el hombre público sobre el privado, se mostraba tal como era en disímiles ocasiones, que regalaban pistas del amigo, el padre de familia…
En la mañana del 26 de noviembre de 2016 los estudiantes se aglomeraron al amparo del Alma Máter. Como leyendas que les habían susurrado, contaban anécdotas de un antiguo graduado. Entre las huellas invisibles de sus pisadas se veían en él y, por vez primera, exclamaron una frase que se adueñó de Cuba: «Yo soy Fidel»
¿Cómo estrechar las manos de un hombre que a todos nos deja pequeños? ¿Cómo acercarnos a descubrir los ratos libres de un caminante de la utopía, que anduvo sin cansarse durante toda su vida? No sabía cómo, aunque sí que era necesario hacerlo, porque es indispensable mantener a los héroes en la libertad del viento y en el frescor de las hojas y apartarlos de lo que Roque Dalton llamaba «monstruoso mármol».
La pregunta ha estado latente desde el principio y en todo el camino hasta aquí: desde que empezó este suplemento y en cada una de sus páginas, desde que la muchacha de la portada se sentó frente a la computadora, desde que nueve estudiantes de Periodismo se reunieron en un aula de la Facultad de Comunicación para llenar la pizarra de ideas dispersas mientras se cuestionaban, una y otra vez, qué historias contar.
Ha pasado un año desde entonces. Quiso la suerte que me encontrase aquella noche siendo parte de un festival latinoamericano de música. El Sauce acogía a artistas y jóvenes de Cuba y la región cuando irrumpió la noticia: “Muchachos, acaba de fallecer Fidel Castro”. Presa de un montón de sentimientos encontrados al otro día volví a Holguín, a la Radio y del roll que jugaron mis colegas en lo que vino después es lo que ahora tengo que contar.
¿Cómo era Fidel de niño? ¿Qué le causaba tristeza, alegría…? Con muchas interrogantes me acerqué a las anécdotas que vivió en un pueblo «perdido» en el mapa, pero no en la historia.
Yo soy Antonio del Conde, Fidel -Alejandro en la clandestinidad- me puso de sobrenombre El Cuate.
Yo no tuve que platicar nada para saber que era Fidel Castro, yo no soy adivino ni me mandó un mensaje subliminal pero conocía de armas, yo tenía vendiendo armas seis años y en seis años aprende usted, además desde niño iba a la armería, conocía de armas.