Hace un año que el corazón de Cuba está en Santiago, y late junto al monolito que desde el 4 de diciembre de 2016 atesora las cenizas del Comandante eterno de los cubanos, Fidel Castro Ruz, en el cementerio patrimonial de Santa Ifigenia.  
Mi generación nació en los primeros años posteriores al triunfo de la Revolución de 1959 y una parte de ella, en los meses previos. Cuando los barbudos tomaron Santiago, y luego llegaron en caravana hasta La Habana, la República Popular China contaba apenas con una década de fundada y los estados socialistas de Europa del este no rebasaban los 15 años de vida. La Revolución soviética y su Estado multinacional, en cuyas ciudades y naciones muchos de nosotros estudiaríamos, era la más antigua: 40 años de resistencia frente al capitalismo internacional y al fascismo.
En esta ciudad del oriente cubano nadie durmió aquella madrugada del 27 de diciembre de 1958. La ofensiva rebelde de esa última semana, puso a todos en espera de lo que ya parecía inminente: la toma de la ciudad.   Desde el día 22, en la finca "El Tamarindo", de Arroyo Blanco, los Comandantes Fidel Castro, Juan Almeida, Vitalio Acuña, Universo Sánchez y Guillermo García, entre otros, acordaron la liberación de Palma, imprescindible en las aspiraciones de entrar a Santiago de Cuba.  
Corría el mes de mayo de 1958. El Gobierno del dictador Fulgencio Batista movía grandes contingentes de tropas hacia la Sierra Maestra con el objetivo de ejecutar la Ofensiva de Primavera. Se trataba de un plan cuidadosamente estudiado: 10 000 soldados atenazarían la zona del I Frente comandado por Fidel.  
La periodista Marta Rojas, desde los días del Moncada, fue muy cercana a ella. Más de una vez, en diversas entrevistas y diálogos con distintos públicos, le han preguntado cómo era Haydée...
“Respeto a todos los que dicen Yo soy Fidel, es una aspiración verdaderamente extraordinaria, pero es difícil ser como él. Me hace sentir una gran vergüenza todos los días porque no logro consagrarme a mis deberes con la misma pasión, con la misma entereza con que él lo hizo, por encima de mis propias fatigas, como él por encima de las suyas, de dolores, que los tuvo y los padeció austeramente por servir a Cuba”.  
Estos son algunos de los versos de una de las canciones más conocidas del ya legendario Quinteto Rebelde, el que con su talento empírico correspondió al llamado del líder de la Revolución de utilizar la música como arma ideológica en los días de barbudos en la Sierra Maestra.  
Hacia finales de febrero de 1958 las condiciones estaban preparadas para extender la guerra revolucionaria a otras regiones de la misma provincia oriental. La importante victoria del segundo combate de Pino del Agua, el 16 de ese mes y año, abrió las posibilidades de crear las Columnas 6 y 3 a las órdenes de los comandantes Raúl Castro y Juan Almeida e iniciar la apertura del Segundo Frente Oriental Frank País y el Tercer Frente Mario Muñoz, respectivamente. Con ese propósito el Comandante en Jefe redactaba el 27 de febrero de 1958 lo siguiente:
Aquella noche del jueves 8 de enero de 1959, con la entrada de los rebeldes a La Habana, se consagró definitivamente el triunfo de la Revolución Cubana. Diría entonces Fidel: “Creo que es este un momento decisivo de nuestra historia: la tiranía ha sido derrocada. La alegría es inmensa. Y sin embargo, queda mucho por hacer todavía. No nos engañamos creyendo que en lo adelante todo será fácil; quizás en lo adelante todo sea más difícil”.  
Tras alcanzarse las victorias rebeldes de Guisa, Yaguajay y Santa Clara, comandadas personalmente en ese orden por Fidel, Camilo y Che, en diciembre de 1958, el embajador de Estados Unidos en La Habana, Earl T. Smith, sostuvo un urgente encuentro secreto con el dictador Fulgencio Batista.  
En 1958, al quebrar el Ejército Rebelde la columna vertebral a la tiranía, tras derrotarla de manera rotunda en la ofensiva batistiana de verano, Cuba vivía un momento similar al que enfrentó 60 años antes, cuando a España ya le era imposible vencer a los mambises por la vía militar (ver los artículos Aires de guerra imperialista y El último año de la tiranía, BOHEMIA, 5 de enero de 2018). El enemigo se desmoronaba, pero la guerra no estaba ganada.
El siguiente testimonio corresponde a una entrevista que realizara la autora del artículo al comandante Dermidio Escalona Alonso, combatiente del Ejército Rebelde, ya fallecido.1 Dermidio Escalona es una persona totalmente desenfadada, al extremo de no tener a menos echar una palabrota en el transcurso de la conversación, si con ella enfatiza una historia, pero su empleo no resulta desagradable, quizás sea porque este hombre posee una cultura amplísima, es asombrosa la fluidez con que saca a colación parrafadas enteras aprendidas de memoria, o la cantidad de títulos y autores leídos.