«La construcción de la unidad es la tarea más importante que enfrenta toda revolución verdadera», sentenció el General de Ejército Raúl Castro Ruz, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, al intervenir, este domingo, en la XIV Cumbre de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP).
Bastaría con encontrar las palabras precisas, las exactas; aquellas que logren describir, sin recortes subjetivos o excesos, todo el amor y el dolor de un pueblo. Porque los cubanos fuimos a la Plaza por amor a Fidel. Y también por dolor.
La Plaza, este lunes, era una fila larga, interminable, sinuosa. Y lo eran tres salas del Memorial José Martí. Era un Fidel vestido de guerrilla, con mochila de campaña y botas para desandar el tiempo. Y era algo más: una mirada posada en el horizonte, que bien podría ser posada en el futuro.
Si la vida del pueblo mozambiqueño no hubiese estado lo suficientemente ligada a Cuba, si sus héroes y los nuestros no hubiesen compartido ideales y causas, si los líderes de aquí y de allá no se hubiesen profesado amistad sincera, si la solidaridad caribeña no hubiese hecho escala perpetua en esa tierra africana, quizá sorprendería que en sus entrañas florezca una comunidad llamada Fidel.