«Son muchos los recuerdos que nos dejó, imborrables, y por eso digo que es uno de los hombres más nobles, más extraordinarios y más desinteresados que he conocido, lo cual no tendría importancia si uno no cree que hombres como él existen por millones, millones y millones en las masas. Los hombres que se destacan de manera singular no podrían hacer nada si muchos millones, iguales que él, no tuvieran el embrión o no tuvieran la capacidad de adquirir esas cualidades.

Escribe sobre Fidel una colega: «No aceptó jamás la derrota»; y el pensamiento va hacia las razones que hicieron de esa característica suya, lejos de obstinación estéril, condición para convertir la utopía en materia palpable.
 

Cuando la muerte lo encontró, hará 25 años este 10 de marzo, Guayasamín aún tenía ideas y proyectos para al menos otras dos vidas, y no precisamente porque en esta hubiese hecho poco. En unas 14 horas diarias de trabajo, excepto los domingos, y desde muy joven, de su pensamiento y manos había salido una obra artística descomunal, por su hondura y número.
 

Bastan pocas líneas para trazar su perfil reconocible sobre el lienzo. Con solo unas palabras –verdeolivo, uniforme, botas, barba– el pensamiento remite a su estatura. Apenas un grado, Comandante en Jefe, es suficiente para llegar a la sencillez de un nombre que se tejió, límpido, en la complejidad de un país.
 

En El oficio de la palabra hablada, una estremecedora crónica escrita en 1987, Gabriel García Márquez describe magistralmente a un Fidel visto desde la admiración y lo íntimo de la amistad.
 

Allá donde la catástrofe se ha ensañado, donde el dolor y el desamparo están a flor de piel, no hay límites para el agradecimiento ante la mano que tiende un médico sin que medie pago alguno.
 
Aunque hable un idioma extraño y ni siquiera se vea su rostro, quizá protegido tras la escafandra, conmueven las palabras de consuelo, la manera dulce de realizar los procedimientos más complejos, incluso el abrazo desaconsejado; y el nombre de Cuba queda como un recuerdo persistente de bondad.
 

Corta parece la vida que al ser humano le ha sido dada. Somos apenas gotas de luz ante la infinitud de la Historia. La muerte, siempre tremenda, pone punto final a la materia y, como ley inexorable, para todos llega.
 
Derrotarla –muy a pesar de los esfuerzos de quienes por siglos han intentado hacerlo con artificios– solo se puede mediante dos caminos: dejar amor sembrado, desde la nobleza y la entrega; o gestar ideas que superen lo personal para enraizarse en el patrimonio común.
 

Corrían los días más difíciles del período especial. Se hablaba de opción cero e incluso de ollas colectivas. Mi familia sembraba viandas en el estrecho pasillo de nuestra vivienda citadina; viandas destinadas a enriquecer mi puré de infante.
 
Y en medio de aquello, Fidel dijo en la televisión que bajo ningún concepto un niño cubano podía ir a la escuela sin uniforme. Había que zurcirlo, heredar el del primo o el hermano, pero vestirlo. Ninguna carencia material podía justificar que los pequeños dejaran de usar ese atributo de la dignidad conquistada. Y así mismo fue.