Cuenta Frei Betto que después de pasar más de 20 horas durante cuatro madrugadas, del 23 al 26 de mayo de 1985, entrevistando a Fidel, se dio cuenta de que tenía un material muy precioso entre las manos: era la primera vez que un líder comunista al frente de un país socialista hablaba positivamente de la religión.
 

¡Qué valor el de Vilma! A 95 años de su nacimiento no podemos olvidar su legado combatiente, ni las tantas vidas que tocó para el bien.
 
Corrían los primeros días de 1957. El asesinato del revolucionario William Soler, un adolescente de apenas 15 años, tenía a Santiago de Cuba en carne viva. Como protesta, comenzó a organizarse una concentración de mujeres por la calle Enramadas.
 

El edificio es uno más en la urbe apretada, solo una placa salva su fachada del anonimato; pero hasta el No. 164 de 25 y O, en el diverso Vedado habanero, no impulsa la casualidad. Hay quien va allí buscando un pedazo de la Patria, un fragmento claro de lo que es la Isla y también de lo que será

Ignacio ama a una mujer.  Nada hay en él de extraordinario. Disfruta la poesía. Quiere a sus amigos con fidelidad. Es militar y le apasiona su carrera.
 
Ahora ella, su Amalia, está a miles de kilómetros, con el hijo que crece despacio en el vientre. No hay tiempo para leer, y él es solo un soldado que pone todos los sentidos en el combate, y en preservar su vida, y la de los amigos que también están allí.
 

No tenía siquiera 30 años cuando murió. A pocos seres humanos les es posible hacer tanto, tan hondo, y entrar en la muerte con una estela de leyenda sin haber gastado la juventud.
 
Pero Camilo Cienfuegos Gorriarán no era un ser de otro mundo, quizá todo lo contrario: la encarnación más genuina del pueblo de Cuba. Ahí estaba y está el secreto de su grandeza.
 

«Permítanme decirles en primer lugar que la Revolución defiende la libertad, que la Revolución ha traído al país una suma muy grande de libertades, que la Revolución no puede ser por esencia enemiga de las libertades; que si la preocupación de alguno es que la Revolución vaya a asfixiar su espíritu creador, que esa preocupación es innecesaria, que esa preocupación no tiene razón de ser»

Las calles de Santiago. Esas calles que el sol calienta hasta la desmesura y donde se ha vertido tanta sangre generosa. Esas calles con atmósfera de Bertillón 166, que han visto todo lo humano vibrar, el miedo y el arrojo irrefrenable, el cuerpo agujereado de Frank y la temeridad de Vilma.
 
Esas calles reafirmadas por la victoria y el martirologio bien honrado, donde la Revolución es también un estado espiritual, una alegría con nombre. Santiago que es Santiago, que lo sigue siendo, y Fidel en sus calles.
 

También a través de los libros Fidel se hizo revolucionario; ellos fueron impulso y respaldo en cada una de las batallas de su vida.

En su despacho, una pieza que solía impresionar a sus visitantes por la austeridad y el orden, había una gran biblioteca y una mesa de trabajo llena de libros y documentos. Allí estaban también un busto de José Martí, una escultura del Quijote sobre Rocinante, y una foto dedicada de Ernest Hemingway.
 

En 1985, un periodista extranjero le preguntó a Fidel: «¿Cuál quisiera usted que fuera su legado?, ¿cómo le gustaría que se interpretara lo que usted ha hecho en estos años?».
 

A través de una mirada íntima y reflexiva, la muestra Toda la gloria del mundo revela múltiples dimensiones del Comandante en Jefe