La advertencia cortó el aire y despojó a Le Vinh Quán de su aplomo habitual: «señor –urgía alguien desde la puerta de la oficina–, en el almuerzo del visitante ha aparecido una anomalía».
 
Septiembre consumía su decimocuarta mañana en Dong Hoi, cabecera provincial de Quang Bing, el destinatario del almuerzo de referencia era Fidel, y a esa hora ya recorría la región.
 

Con proa rumbo a la libertad, y surcando el mar en una travesía épica de México a Cuba, 82 hombres a bordo de un pequeño yate protagonizaron –hace hoy 68 años– un desembarco de rebeldía y heroísmo que hizo renacer el sueño emancipador de una nación y su pueblo.
 
Era entonces el 2 de diciembre de 1956, y en un lugar conocido como Los Cayuelos, a unos dos kilómetros de playa Las Coloradas, en Niquero (provincia de Granma), tendría lugar, entre gélidas aguas y mangles enrevesados, la epopeya de los expedicionarios del yate Granma.
 

Cuando en la antesala de su partida física, Fidel solicitó que no se construyeran monumentos a su memoria, ya él mismo, sin advertirlo, se había construido uno en la patria de Ho Chi Minh.
 
No en bronce ni en mármol, como el de la Plaza Fidel Castro, que el visitante encuentra en el centro urbanístico de Dong Ha, capital de Quang Tri; ese lo esculpieron los vietnamitas, tres años después del deceso del Comandante en Jefe.
 

Ancha, oscura, aterradora, la columna de calor y tizne buscaba el cielo; en lo alto remataba su corona siniestra con un sombrero de humo, hongo mortal que, a las tres y diez de aquella tarde de viernes, 4 de marzo de 1960, dejó a La Habana sin sol durante unos minutos, y a Cuba herida de una cuchillada que aún duele.
 

Los naranjos, Yateras, Guantánamo.–Que mucho antes de esta cruzada, otra había escalado hasta aquí hace 65 años, decidida a barrer inequidades de siglos, se lo confirmó Mario Rojas a Granma, tras aplaudir a Nicolás Guillén en trilogía de obras presentadas con la gracia que sabe ponerle el actor y titiritero Ury Rodríguez, seguido por el compositor y cantante Claudio Casal, otro que calentó el escenario y puso a todos a batir palmas.
 

El manso aleteo de una mariposa entre él y su amigo motivó la expresión: «buen augurio; eres tú, que andas por ahí». En el visitante sonrió, mientras retomaba su esbozo: el genio de Bolívar, la osadía de Sucre, la intrepidez de Páez...   
 
— No es un profesor de historia venezolano –interrumpe de nuevo su par– «es el Presidente de Cuba; nos está dando una clase de historia venezolana».
 
— Solo rememoro unos hechos –dijo el aludido –. Pero el interlocutor de nuevo elogió su sabiduría.  
 

Nadie habría sabido explicárselo. Pero él, moribundo de 11 años, «niño pobre, de origen judío, al que había que salvar», lo entendió después: «la posibilidad de seguir viviendo me la dio esta hija de Fidel: La Revolución; llevo la marca del padre».
 
Vistos «como un todo», la enfermedad vencida, el regalo, la circunstancia y hasta el amanecer de aquel día, a los ojos de Cuba y de Salomón asomaba, sin que él lo advirtiera, un tiempo nuevo, de batallas recias y magnánimas utopías.
 

«Los sembró Fidel con sus manos, en compañía de Hugo (Chávez) y de Evo (Morales)», rememoró un lugareño de esta sabana, en referencia a los arbustos más jóvenes del «patio de Mamá Rosa», infantil paraíso de una humildad arañera

La dispersión, el regionalismo, el doble filo contaminado de inconsecuencias e intrigas hirieron hondo el pecho de Cuba. Había que curarla a tiempo, y evitar otras desgarraduras. Había que salvarla.
 
Previas observaciones «clínicas», al pie de la herida, con dosis de inteligencia, prédica y amor patrio, un joven comenzó a gestar la pócima salvadora: la unidad; esa costosa e infalible vacuna del archipiélago contra la desunión que frustró su primer intento emancipador y obligó a posponerlo. Surgió entonces la necesidad de un instrumento político, para unir: un partido.

Montajes engañifas, patriotismos disimulados, promesas falsas, amenazas… ¡cuánta impudicia!, tierra mía. Todo lo han hecho por dividirte. Y tú, firme, recta, hermosa de terquedad, persistes inmune a melodramáticas pantomimas.