Otro niño africano, en este caso argelino, ha perdido al ser que le dio la vida. La perdió demasiado pronto. Ella partió sin que él balbuceara la sílaba y la palabra sagradas; las primeras que todo humano intenta decir: «ma; ma; mamá».
Este mundo desigual y egoísta, el que detenta poder y riquezas a costa del dolor de millones, de bebés huérfanos y de madres desconsoladas; este mundo dejó a otro inocente sin su mamá.
En el alma cubana Fidel plantó semillas de solidaridad e internacionalismo, las fertilizó con su ejemplo, las hizo germinar y las esparció por el mundo, a contrapelo de asechanzas y tempestades.
Un monstruo irrumpió en la noche habanera a más de 300 km/h y abrió un surco de dolor, desde el Cerro hasta Guanabacoa, cuando enero de 2019 casi se despedía. Poco después estaba allí el Presidente cubano Miguel-Díaz Canel, con una mano extendida y la otra en los hombros de los que quedaron sin casa ni pertenencias. Aquel acto nos devolvía a Fidel, solidario y desafiante.
Amaneció un día con los muros salpicados de sangre generosa –savia juvenil-, y tenía en las paredes agujeros de metralla; lloró la patria herida. Y ha sido aquel recinto, desde entonces, mucho más que un cuartel fortificado. «Unidos, cada cual en su Moncada», dice un joven trovador guantanamero. Y el canto, más que suyo, es el canto de su pueblo en este pedazo de una Isla desafiante.
No pudo haber mejor homenaje a la gesta gloriosa del Moncada, en su aniversario 67, que la masiva movilización de todos los sectores de la sociedad hacia la que constituye hoy la primera prioridad para el país: la revitalización de la economía nacional.
Acontecimiento sagrado en sus vidas, a la gesta del Moncada dedicaron los santiagueros resultados significativos, como la siembra de 52 000 hectáreas de diversos cultivos y la terminación de más de 250 obras de beneficio a la población.
Fue la reacción –aunque inusual– espontánea de un joven frente al descubrimiento, sorpresivo pero soñado. Estaba en su cuarto, a mitad del exilio, en medio del otoño parisino de 1920. Eran él y su cama, sin más testigo que un ejemplar de la revista L’ Humanité, en una de cuyas páginas posó la mirada.
Sobre los hombros del teniente del Ejército Rebelde, José Antonio Boró, y con un ramo de gladiolos en la mano, Zelma se abrió paso entre la multitud delirante, y llegó al jeep descapotable en el que estaba Fidel.
La pequeña de nueve años tenía instrucciones de obsequiarle las flores a la más autóctona de la Revolución. Pero, «Celia Sánchez no pudo venir», le comunicó alguien desde el vehículo. Entonces el Comandante tomó del brazo a la niña y le dijo: «vamos conmigo».
Noviembre de 1953: «Mami, ¿cómo es un hombre audaz?», pregunta la niña Enma Gago Pérez, después de escuchar al abuelo Ubaldo, único guajiro que –salvo su hija– sabe leer por estos confines.
Ubaldo había permanecido con la mirada fija en un ejemplar de la revista Bohemia, ajeno a la curiosidad infantil que lo espiaba, de repente pronunció un nombre y detrás la expresión: «¡se atrevió a asaltar al Moncada!, ¡coño, que hombre tan audaz!».
A Lé Vinh Quán los pelos se le pusieron de punta. Algo extraño había aparecido en el contenido del plato preparado para Fidel. Sobre Lé recaía la encomienda, en la provincia central de Quang Binh, de velar por la protección y los servicios internos del Primer Ministro cubano durante su estancia en esa región del entonces agredido y convulso Vietnam.