Discursos
Palabras pronunciadas al recibir la Orden Estrella de Oro de la República Socialista de Viet Nam
Al contemplar la emocionante ceremonia de esta noche, al ver unidas y hermanadas las banderas cubiertas de gloria de Viet Nam y de Cuba, al escuchar las estimulantes y cariñosas palabras del querido compañero Truong-Chinh, no podía dejar de reflexionar en qué largo y qué difícil ha sido el camino por el que nuestras patrias, dos pequeños territorios ubicados en los extremos del mundo, han llegado a abrazarse en la libertad, en la revolución y en el socialismo.
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Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado
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Al contemplar la emocionante ceremonia de esta noche, al ver unidas y hermanadas las banderas cubiertas de gloria de Viet Nam y de Cuba, al escuchar las estimulantes y cariñosas palabras del querido compañero Truong-Chinh, no podía dejar de reflexionar en qué largo y qué difícil ha sido el camino por el que nuestras patrias, dos pequeños territorios ubicados en los extremos del mundo, han llegado a abrazarse en la libertad, en la revolución y en el socialismo.
Pensaba en que, realmente, a los revolucionarios de hoy nos ha tocado el inmenso privilegio de vivir y luchar en una época de grandes batallas y de serios peligros, pero también en una época maravillosa, en la que muchos de los más nobles y visionarios sueños del hombre comienzan a hacerse realidad.
Cuando Martí, en las últimas décadas del siglo pasado, escribía aquellas conmovedoras páginas acerca del heroísmo y la rebeldía de los vietnamitas, nuestros dos pueblos tenían que librar titánicas batallas para conquistar la independencia. ¡Cuántas hazañas realizaron aquellos hombres! ¡Qué ejemplos tan extraordinarios dejaron a la posteridad! Y, sin embargo, ninguno pudo contemplar todavía los frutos de sus luchas y sacrificios. Por sobre el mar de sangre derramada, Cuba pasó a la humillante condición de neocolonia yanki; y Viet Nam siguió todavía, durante largos años, sometido a la opresión extranjera.
Pero ni entonces ni después nos dimos por vencidos. Cuando nació el glorioso Partido Comunista de Indochina, hace ya más de 50 años, los cubando se enfrentaban con decisión a una cruel y sanguinaria tiranía. La lucha continuó abriéndose paso. En los días del Moncada, los vietnamitas combatían heroicamente a los colonialistas. Y al producirse la brillante e histórica victoria de Dien Bien Phu, aquí, en Cuba, guardábamos prisión algunos de los pocos sobrevivientes del 26 de julio, que más tarde vendríamos en el Granma y emprenderíamos, después de sufrir duros reveses, la guerra en las montañas.
Como pequeños ríos, que nacieron distantes y corrieron largo tiempo por cauces accidentados y solitarios, así marcharon en la historia nuestros pueblos, hasta entroncarse un día en el río ancho e impetuoso de la revolución socialista.
Una ejemplar solidaridad y una entrañable e indestructible amistad unió a nuestros dos países desde los primeros momentos de la Revolución Cubana. Al resistir y rechazar heroicamente la guerra de exterminio del imperialismo yanki, Viet Nam luchó y se sacrificó también por Cuba y por todos los pueblos del mundo. Ningún país, en los últimos tiempos, ha hecho tanto como Viet Nam por la causa de la independencia y la emancipación de los pueblos. Por eso dije un día, y lo repetiré siempre, que por Viet Nam los cubanos estamos dispuestos a dar hasta nuestra propia sangre.
Al llegar a este minuto tan solemne, mi pensamiento se eleva hacia todos los que han hecho posible nuestra hermandad, nuestra unidad, nuestra victoria.
Pienso en aquel revolucionario excepcional, en aquel hombre de vida humilde y austera, que se convirtió en un padre para todos los vietnamitas, y en un símbolo de firmeza, de estoicismo, de indomable espíritu de lucha y de dignidad para todos los revolucionarios del mundo: el querido presidente Ho Chi Minh. El reflejaba las mayores virtudes y los extraordinarios valores de su pueblo incomparable. Luchó, como nadie por la libertad y la independencia de su patria y nos cupo a nosotros el singular privilegio de contar con su más profunda amistad hacia nuestro' pueblo. Gracias a su lucha incansable y su abnegada vida, ha sido posible en gran parte, este hermoso acto de hoy.
Pienso también con emoción en mis compatriotas v compañeros de lucha.
Pienso en los héroes legendarios de nuestra Patria: en Martí, en Maceo, en Gómez, y en tantos como ellos que todo lo dieron en la larga marcha de nuestro pueblo por su independencia y su libertad.
Pienso en el Che, cuyo ejemplo dé heroísmo, abnegación y espíritu revolucionario, constituye un legado permanente y una fuente de inspiración, enseñanza y firmeza para nuestro pueblo. El cayó hace 15 años teniendo presente en su corazón nuestros dos pueblos: el cubano y el vietnamita.
Pienso en nuestros abnegados y heroicos combatiente; internacionalistas; en los que cayeron y dieron con su sangre generosa el ejemplo de sus vidas por la justa causa de otros pueblos.
Por eso digo, con absoluta sinceridad, que es a ellos a quienes corresponde este homenaje. Y es en su nombre, en nombre de los sentimientos de todo nuestro pueblo, de los que lucharon ayer y los que luchan hoy, que recibo con profunda humildad y gratitud esta Orden Estrella de Oro.
Querido compañero Truong-Chinh: queridos hermanos vietnamitas: como ayer, en los días de la guerra, la causa de Viet Nam ocupará siempre un lugar sagrado en el corazón de cada revolucionario cubano.
¡Gracias, por el honor tan alto, los sentimientos profundos y la íntima emoción que significan para mí este gesto generoso de Viet Nam!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
(OVACION.)
Pensaba en que, realmente, a los revolucionarios de hoy nos ha tocado el inmenso privilegio de vivir y luchar en una época de grandes batallas y de serios peligros, pero también en una época maravillosa, en la que muchos de los más nobles y visionarios sueños del hombre comienzan a hacerse realidad.
Cuando Martí, en las últimas décadas del siglo pasado, escribía aquellas conmovedoras páginas acerca del heroísmo y la rebeldía de los vietnamitas, nuestros dos pueblos tenían que librar titánicas batallas para conquistar la independencia. ¡Cuántas hazañas realizaron aquellos hombres! ¡Qué ejemplos tan extraordinarios dejaron a la posteridad! Y, sin embargo, ninguno pudo contemplar todavía los frutos de sus luchas y sacrificios. Por sobre el mar de sangre derramada, Cuba pasó a la humillante condición de neocolonia yanki; y Viet Nam siguió todavía, durante largos años, sometido a la opresión extranjera.
Pero ni entonces ni después nos dimos por vencidos. Cuando nació el glorioso Partido Comunista de Indochina, hace ya más de 50 años, los cubando se enfrentaban con decisión a una cruel y sanguinaria tiranía. La lucha continuó abriéndose paso. En los días del Moncada, los vietnamitas combatían heroicamente a los colonialistas. Y al producirse la brillante e histórica victoria de Dien Bien Phu, aquí, en Cuba, guardábamos prisión algunos de los pocos sobrevivientes del 26 de julio, que más tarde vendríamos en el Granma y emprenderíamos, después de sufrir duros reveses, la guerra en las montañas.
Como pequeños ríos, que nacieron distantes y corrieron largo tiempo por cauces accidentados y solitarios, así marcharon en la historia nuestros pueblos, hasta entroncarse un día en el río ancho e impetuoso de la revolución socialista.
Una ejemplar solidaridad y una entrañable e indestructible amistad unió a nuestros dos países desde los primeros momentos de la Revolución Cubana. Al resistir y rechazar heroicamente la guerra de exterminio del imperialismo yanki, Viet Nam luchó y se sacrificó también por Cuba y por todos los pueblos del mundo. Ningún país, en los últimos tiempos, ha hecho tanto como Viet Nam por la causa de la independencia y la emancipación de los pueblos. Por eso dije un día, y lo repetiré siempre, que por Viet Nam los cubanos estamos dispuestos a dar hasta nuestra propia sangre.
Al llegar a este minuto tan solemne, mi pensamiento se eleva hacia todos los que han hecho posible nuestra hermandad, nuestra unidad, nuestra victoria.
Pienso en aquel revolucionario excepcional, en aquel hombre de vida humilde y austera, que se convirtió en un padre para todos los vietnamitas, y en un símbolo de firmeza, de estoicismo, de indomable espíritu de lucha y de dignidad para todos los revolucionarios del mundo: el querido presidente Ho Chi Minh. El reflejaba las mayores virtudes y los extraordinarios valores de su pueblo incomparable. Luchó, como nadie por la libertad y la independencia de su patria y nos cupo a nosotros el singular privilegio de contar con su más profunda amistad hacia nuestro' pueblo. Gracias a su lucha incansable y su abnegada vida, ha sido posible en gran parte, este hermoso acto de hoy.
Pienso también con emoción en mis compatriotas v compañeros de lucha.
Pienso en los héroes legendarios de nuestra Patria: en Martí, en Maceo, en Gómez, y en tantos como ellos que todo lo dieron en la larga marcha de nuestro pueblo por su independencia y su libertad.
Pienso en el Che, cuyo ejemplo dé heroísmo, abnegación y espíritu revolucionario, constituye un legado permanente y una fuente de inspiración, enseñanza y firmeza para nuestro pueblo. El cayó hace 15 años teniendo presente en su corazón nuestros dos pueblos: el cubano y el vietnamita.
Pienso en nuestros abnegados y heroicos combatiente; internacionalistas; en los que cayeron y dieron con su sangre generosa el ejemplo de sus vidas por la justa causa de otros pueblos.
Por eso digo, con absoluta sinceridad, que es a ellos a quienes corresponde este homenaje. Y es en su nombre, en nombre de los sentimientos de todo nuestro pueblo, de los que lucharon ayer y los que luchan hoy, que recibo con profunda humildad y gratitud esta Orden Estrella de Oro.
Querido compañero Truong-Chinh: queridos hermanos vietnamitas: como ayer, en los días de la guerra, la causa de Viet Nam ocupará siempre un lugar sagrado en el corazón de cada revolucionario cubano.
¡Gracias, por el honor tan alto, los sentimientos profundos y la íntima emoción que significan para mí este gesto generoso de Viet Nam!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
(OVACION.)