Carta y Mensaje

Carta a Conte Agüero, la que circularía semanas después clandestinamente como “Manifiesto a la Nación”

Fragmento de la carta:

Con la sangre de mis hermanos muertos, escribo este documento. Ellos son el único motivo que lo inspira. Más que la libertad y la vida misma para nosotros, pedimos justicia para ellos. Justicia no es en este instante un monumento para los héroes y mártires que cayeron en el combate o asesinados después del combate: ni siquiera una tumba para que descansen en paz y juntos los restos que yacen esparcidos en los campos de Oriente, por lugares que en muchos casos sólo conocen sus asesinos; ni de paz es posible hablar para los muertos en la tierra oprimida. La posteridad, que es siempre más generosa con los buenos, levantará esos símbolos a su memoria y las generaciones del mañana rendirán, en su oportunidad, el debido tributo a los que salvaron el honor de la Patria en esta época de infinita vergüenza.

 

En cuanto a los prisioneros, bien pudo ponerse a la entrada del Cuartel Moncada, aquel letrero que aparecía en el dintel del infierno de Dante: "Dejad toda esperanza". Treinta fueron asesinados la primera noche. La orden llegó a las tres de la tarde con el general Martín Díaz Tamayo, quien dijo que “era una vergüenza para el Ejército haber tenido en el combate tres veces más bajas que los atacantes, y que hacía falta diez muertos por cada soldado".

 

Denunciar los crímenes, he aquí un deber, he aquí un arma terrible, he aquí un paso al frente formidable y revolucionario. Las causas correspondientes están ya radicadas, las acusaciones ratificadas todas. Pídase el castigo de los asesinos. Exíjase su encarcelamiento. Nómbrase, si es necesario, un acusador privado. Impídase por todos los medios que pasen arbitrariamente a la Jurisdicción Militar. Antecedentes recientísimos favorecen esa campaña. La simple publicación de lo denunciado será de tremendas consecuencias para el Gobierno. Repito que no hacer esto es mancha imborrable. Espero que un día, en la patria libre, se recorran los campos del indómito Oriente recogiendo los huesos de nuestros heroicos compañeros, para juntarlos todos en una gran tumba, junto a la del Apóstol, como mártires que son del Centenario y cuyo epitafio sea un pensamiento de Martí: “Ningún mártir muere en vano, ni ninguna idea se pierde en el ondular y en el revolverse de los vientos. La alejan o la acercan, pero siempre queda la memoria de haberla visto pasar".

 

¡Veintisiete cubanos todavía tenemos fuerzas para morir y puños para pelear!.

 

¡Adelante, a conquistar la libertad!

12/12/1953