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Hijos de Birán

Fecha: 

24/09/2003

Fuente: 

Cubadebate

Autor: 

Los homenajes, para que sean genuinos, han de parecerse a la persona homenajeada, por eso esta conmemoración es al aire libre, bajo frondoso árbol, respirando el campesino aire mañanero. Solo de esta manera se convida al recuerdo y se vuelven a escuchar las voces fallecidas, como si estuvieran acabadas de nacer.

Esta es la segunda vez que visito Birán. La primera anduve por las veredas impresionantes de este libro de Katiuska Blanco que presentamos hoy, Todo el tiempo de los cedros, en una amorosa edición de la Editora Abril.

Transité guardarrayas de palabras, presencié el discurrir de la vida de los habitantes de la casona y sus paredes medianeras dejaron escuchar las conversaciones que quedaron atrapadas en el tiempo, permitiéndole a Katy tomarlas como frutas de un árbol, transformar esos sonidos en vocablos escritos y acunarlos en un volumen que hoy echa a andar con paso propio.

El verdadero protagonista del libro es el batey de Birán, y Katy pasa a la categoría, con este su segundo libro, de empedernida narradora de ternuras.

Un admirable proverbio indio asegura: “Cuenta de tu aldea y contarás del mundo”, y este libro hace honor a esa máxima, pues su autora, impresionada por su primera visita a este paraje, y testigo excepcional del diálogo entre el hijo de Birán y el hijo de Aracataca, decidiera ahondar en las raíces del caserío fundado por don Ángel Castro.

Se sabe que las ideas de los grandes hombres constituyen patrimonio humano, y pocas veces nos vamos a buscar la cuna espiritual de esas ideas patrimoniales. En este caso es el batey de Birán, la dignidad de la familia, el marco de referencia más apropiado. Aquí respiraron rebeldía.

No valen las comparaciones entre aquella, esta y otra madre, pues para cada hijo la suya es irrepetible, única y para la autora de nuestros días jamás seremos grandes y ante ella, todos seguiremos sintiéndonos pequeños.

Uno piensa en Mariana, la heroína, que alentaba a empinarse a sus cachorros más tiernos o evoca a doña Leonor, la tierna opositora de Martí, que pretendía que el hijo que ya pertenecía a todos fuera solo suyo. Su querido Pepe sabía que llenaba de espinas el mártir corazón de su mamita.  

A dos semanas del desembarco del Granma, cuando era incierto el destino de sus hijos, llegó hasta la casona un periodista del diario Norte, y preguntó a la angustiada mujer si estaba dispuesta a pedirle a sus hijos que bajaran de la Sierra.

-¿Para que los asesinen? -respondió doña Lina con otra pregunta, y agregó en seguida: “Como madre sufro esta situación. Pero jamás les pediría que hicieran tal cosa. Ellos han escogido ese camino… ¡Los dos son hombres enteros que luchan por la libertad de Cuba!

Esas palabras cinceladas de orgullo y dignidad, están impresas en el aire, rebotan aún en las paredes del hogar. Ese mismo periodista holguinero la escuchó cierta vez contar, mientras reía a carcajadas que estando embarazada y contra la opinión de don Ángel, montó un brioso caballo y se puso a galopar por los senderos de siempre. El animal la sacó de la silla.

-¿Sabe a quién tenía en ese momento en el vientre? -le preguntó con el rostro iluminado- ¡A Fidel! ¡Y no aborté! Por eso dije entonces que si aquella criatura se había salvado cuando el caballo me tiró, era porque iba a ser algo grande en la vida. ¡Y mire usted!

Doña Lina tuvo razón: solo los que aprenden a caer son capaces de la grandeza de levantar pueblos.

*Palabras leídas por el autor en la presentación del libro Todo el tiempo de los cedros.