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Más de un cuarto de siglo frente a un bloqueo con apellidos

Ley para la libertad y la solidaridad democrática cubana, en el escalón supremo de la hipocresía denominaron así a su engendro, un hijo pródigo de la política anticubana, que ha sido mayormente reconocido como Helms-Burton, aludiendo a los apellidos de quienes fueron sus principales promulgadores.

 

Cuando finalmente el 12 de marzo de 1996 fue puesta en vigor por el entonces presidente estadounidense Bill Clinton, se hacía patente con ella la internacionalización del bloqueo, la voluntad expresa de ese Gobierno de llevar a cabo la más encarnizada persecución contra todo aquel que estableciera lazos comerciales y económicos con Cuba, en otras palabras, convertían en legal las violaciones no solo contra nuestro país, sino contra su propia Constitución y contra principios vociferados tantas veces por ellos en la defensa de sus muy particulares conceptos de libertad.

 

Han pasado 24 años, y aunque las relaciones internacionales se transforman, aunque una mayoría aplastante en Naciones Unidas condena su intento perenne de asfixiar económicamente a la Mayor de la Antillas, la ley sobrevive, como lo hace su mayor justificante, el bloqueo, tal y como corresponde a una gastada y ­manida prepotencia, aunque las heridas que producen a su pueblo sean tan hondas como las que de forma ­inhumana le han hecho al nuestro.

 

Como parte de su aún incomprensible programa de gobierno, Donald Trump se ha propuesto pasar a la historia por algo más que su racismo, xenofobia, desinterés por el destino del planeta y desordenada e inconsistente política exterior, quiere que se le recuerde también como el mandatario que apretó hasta la última de las tuercas a esa maquinaria amorfa que es el bloqueo.

 

En medio de esa enfermedad de poder, dio el visto bueno a la aplicación del Título iii de la Helms-Burton, que descansa en la manipulación que han hecho durante años de las nacionalizaciones que trajo consigo el triunfo revolucionario. Su inédito acto fue otra de las ya casi incontables medidas aprobadas durante su estancia en la Casa Blanca, para desestabilizar y conducir al fracaso al sistema social cubano. Como si eso fuera posible.

 

Sin embargo, la historia vivida ha servido para demostrarles a nuestros enemigos que la determinación y la unidad son armas que el pueblo cubano ha llevado a dimensiones que ellos nunca serán capaces de aquilatar. No podemos impedirles que mantengan a sus fósiles respirando, pero lo que sí podemos decirles con plena seguridad, es que no permitiremos que su putrefacto aliento nos haga bajar la cabeza, desviar el camino trazado o renunciar a toda la gloria, que como nación hemos vivido.

Fuente: 

Periódico Granma

Fecha: 

12/03/2020