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La desaparición física de Fidel hace que el corazón y el cerebro pugnen por controlar el caos de sensaciones y de ideas que desata su tránsito hacia la inmortalidad. Recuerdos que se arremolinan y se superponen, entremezclando imágenes, palabras, gestos (¡qué gestualidad la de Fidel, por favor!), entonaciones, ironías, pero sobre todo ideas, muchas ideas. Fue un martiano a carta cabal. Creía firmemente aquello que decía el Apóstol: trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras.
Como todos los gigantes fue querido y odiado. Repartió por los cuatro puntos cardinales educación, salud, dignidad, autoestima, vergüenza, soberanía. Compartió el sentimiento de pueblo con muchos pueblos y amplificó la solidaridad entre los seres humanos. Cambió varios cursos de la historia y de la naturaleza. Predicó y luchó como nadie por la humanidad y el planeta. Guardó para sí solo la satisfacción como Soldado de la Revolución de cumplir varios de los más sagrados deberes.
Venezuela se estremece de dolor en todos los rincones donde un cubano se entrega a la solidaridad con el pueblo hermano.
Las voces de miles de colaboradores se dejaron escuchar en los pequeños grupos que se buscaron temprano en la clínica o la consulta para un homenaje de batas blancas, conjunto y en silencio; en el área deportiva donde el atleta antillano responde a los niños curiosos el porqué de su tristeza en el rostro; en la guitarra rasgada lentamente por el instructor de arte que recuerda al líder entregándole en persona su título de graduado.
Mi hijo despertará esta mañana del 26 de noviembre con la noticia de que uno de sus paradigmas ha muerto. O al menos, eso creerá cuando al encender la televisión para ver sus esperados muñequitos escuche que el más grande de todos, el que nos hizo hombres y mujeres dignos, ha muerto. Ayer casualmente me decía: mamá, llévame a conocer a Fidel, quiero darle las gracias por haber salvado al mundo.
Tantas veces intentaron matarte, Fidel, y de tantos fracasos, fantaseaban tu muerte cada cierto tiempo. Y tú te has reído sobreviviendo a los malos augurios y reveses, a las conjuras y las trampas. Estás incrustado en la victoria. Como el gran guerrero que comanda un pueblo, recogiste la estrella martiana para iluminarnos en los abruptos caminos de la Revolución, minados de zarzas y recovecos. Y nos enseñaste a derribar todos los yugos a puro coraje.
Escucho la radio y me sorprende la noticia. No es cierto. Debe ser que estoy soñando. Doy vueltas en la cama y no puedo conciliar el sueño. Voy a la computadora. Me conecto y me desconecto varias veces. Llamo por teléfono a los amigos. Si, Fidel ha muerto, la noticia es cierta. Me duele y mucho. Trato de escribir y no me concentro. Esperaba su muerte, pero para la suya nadie estaba preparado...qué pena coño.
La noticia que llegó inesperada y consternó la medianoche, la misma que irrumpió el sueño de algunos y marcó el amanecer de otros, golpea cada instante.
Duele. Al saberlo, al decirlo, al escribirlo. De cualquier forma que se piense en la noticia y que se le evoque, duele.
De todos los rincones del planeta brotan muestras de reconocimiento a la vida y obra revolucionaria de uno de los grandes líderes del siglo XX y lo que va del XXI; el guerrillero de la Sierra Maestra y el estadista de talla global que cambió para siempre la historia de América Latina y de varios pueblos del mundo: Fidel Castro.
La irrupción de Fidel Castro en la vida política de la primera mitad del siglo XX en Cuba fue un necesario alumbramiento histórico, entendido en su orgánica naturalidad, al repasarse el pasado colonial y neocolonial de la nación, junto al reclamo reivindicatorio constante de un pueblo que jamás había sido libre, para decirlo con las justas palabras de Mella.
Cientos de personalidades del deporte, la cultura, la política o la religión, supieron distinguir la grandeza que había en él, sus méritos humanistas y solidarios, además del valor personal que siempre caracterizó al Comandante.
Caminaba con dificultad, pero sin ayuda. Los asistentes avanzaban a su lado, pendientes de su paso, pero imagino que ordenó que lo dejasen solo. Se sentó en su puesto, el suyo para siempre, aunque ya no era formalmente miembro del Comité Central. Transcurría la última sesión del 7mo. Congreso del Partido. Y habló. Su voz de Comandante en jefe recuperó el tono exacto de sus grandes discursos, aunque a veces se adelgazaba, como el sonido de una estación de radio mal sintonizada. Hay algo, sin embargo, que nunca se apagó en Fidel: sus ojos penetrantes, alertas, irradiaban luz.