Fidel ha muerto, pero es inmortal. Pocos hombres  conocieron la gloria de entrar vivos en la leyenda y en la historia. Fidel es uno de ellos. Perteneció a esa generación de insurgentes míticos – Nelson Mandela, Patrice Lumumba, Amilcar Cabral, Che Guevara, Camilo Torres, Turcios Lima, Ahmed Ben Barka – que, persiguiendo un ideal de justicia, se lanzaron, en los años 1950, a la acción política con la ambición y la esperanza de cambiar un mundo de desigualdades y de discriminaciones, marcado por el comienzo de la guerra fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos.
Con certeza puedo afirmar que mi vida está dividida en dos etapas fundamentales: antes y después de conocer a Fidel Castro. Eso ocurrió primero por referencias y más tarde personalmente, acrecentándose en la medida en que yo podía constatar las cualidades personales, extraordinaria inteligencia, firme voluntad para enfrentar con sabiduría las situaciones más complejas y la gran nobleza y solidaridad de Fidel con sus compañeros de luchas e ideales, que no era más que otra forma de expresión de su infinito amor a su pueblo
Ha dejado de vivir el líder revolucionario que condujo al pueblo cubano por los caminos de la ciencia por primera vez en la historia. Un comentario serio, desapasionado y creíble en torno al comportamiento de una sociedad y de su líder indiscutible se hace difícil en momentos donde las emociones son intensas. Los adjetivos pueden inundarnos cubriendo solo de sentimientos lo que debe ser terreno fértil para semillas de acción e innovación. Tenemos que sembrar esas semillas y dejar a los sentimientos el papel de fertilizarlas.  
Hemos tenido el privilegio generacional de haber conocido a un hombre que marcó la historia de América Latina y el mundo. Al estadista más brillante que pudo parir la Patria Grande. Al luchador incansable por la equidad, la igualdad social y la justicia. Hemos tenido el honor de haber conocido la integridad en palabra y acción, de un hombre que demostró con su propia vida, que la conciencia, los ideales y los principios ni se compran ni se venden. ¡Se defienden!  
Nadie consiguió asesinarte, ni con más de 600 atentados contra tu vida, ni derrotarte con continuas campañas mediáticas y agresiones contra tu pueblo, porque Fidel, naciste para vencer y nunca para ser vencido.   Partiste el día que escogiste para ello, después de enseñar a los cubanos y mostrar al mundo que la Revolución que lideraste será invencible y eterna, como siempre lo fuiste y serás Fidel, padre de todos tus compatriotas, de la Patria Grande y de millones de seres humanos en el mundo.  
No por natural, su súbita muerte me acongoja, disminuye, casi inutiliza mi necesidad de decir de él… Huérfano como es natural a mi edad, hoy me siento doblemente desolado al pensar en la ausencia física de un gigantesco referente de ser humano, el héroe que sustituyó a todos los ficticios que encendieron mi imaginación cuando niño; el orientador-educador-visionario que contribuyó decisivamente a mi formación –la de mi generación y las que vinieron después, e incluso otras anteriores; el referente máximo del hombre de acción y pensamiento, al que casi nada le era ajeno –de lo terrenal y lo d
“Se nos fue Fidel, ¿qué vamos a hacer sin él?”, me escribe Graciela Ramírez, la entrañable amiga argentina española que conocí en Madrid en 1992, a la cabeza de un grupo de exiliados latinoamericanos que arroparon a los cubanos en la Cumbre Iberoamericana de aquel año de euforias neoliberales en América Latina, cuando éramos la nave a contracorriente, vilipendiada y escarnecida en medios de todo el mundo.  
Fidel se ha vuelto sinónimo de revolución desde que se publicaron las primeras fotos de aquellos barbudos que derrocaron a un dictador en el ya lejano 1959. Más todavía para nosotros, en América Latina, para quienes ese movimiento era un fenómeno distante en el tiempo y en el espacio –en Rusia, en China, con Lenin, con Mao–. Fue Cuba, con Fidel, quien planteó para nosotros y para tantas generaciones la revolución como actualidad y que era posible en nuestro continente.  
De pequeño tomé por tribuna los palos del monte para repetir discursos de Fidel. Algunos en la familia llegaron a creer en alguna «atrofia infantil».
Hace dos años, diez meses y 20 días vi a Fidel por última vez. No fue la única ocasión que estuve en un mismo espacio con él, pero sí la primera que pude verlo, escucharlo, admirarlo de cerca… Nos separaban apenas unos pasos. Fue el 8 de enero del 2014, en Romerillo.   Se conmemoraban los 55 años de la entrada a La Habana de la Caravana de la Libertad y Alexis Leyva Machado (Kcho) hizo coincidir la fecha histórica con la inauguración de su Proyecto de utilidad social Kcho Estudio Romerillo (Laboratorio para el arte).  
La tristeza por la partida física de Fidel es aún mayor entre aquellos que lo conocieron más de cerca o intimaron con él gracias a diversas circunstancias. Ese el caso de Gaspar el “Curro” Pérez, conocido en el mundo deportivo como el Héroe de Quisqueya.   La noticia me dolió mucho, es un golpe duro porque se trata de un hombre muy querido por el pueblo cubano, un dirigente que se distinguió también por su sensibilidad y humanismo, reconoce el ex atleta matancero.  
Fidel inició una nueva travesía este 25 de noviembre. Justo 60 años antes, a sus 30 años de edad, partía del puerto de Tuxpan, México, junto a 81 compañeros en el yate Granma, a liberar la Patria, a la que le prometió cumplir.   El propósito era desembarcar por un punto de la costa oriental el 30 de noviembre de 1956, cuando Santiago de Cuba se levantaba para apoyarlo y cubrirlo. El alzamiento fue liderado por los valerosos hijos de la ciudad, tan jóvenes como él.