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Es la cola, gigantesca, de una criatura humana que se llama pueblo. Ella se extiende, se desenrosca, se anuda y engorda nuevamente, a lo largo de una, de dos, de varias avenidas capitalinas que conducen hasta el Memorial José Martí de la Plaza de la Revolución. Esa es La Habana hoy, una Habana, una Cuba que no concilia el sueño, que no calla en los días en que ve partir al más grande de sus hombres, al que concibió, y definitivamente fundó la mayor revolución social de Latinoamérica.
Los primeros días de enero de 1959, luego de liberar a Santiago de Cuba, Fidel y sus hombres victoriosos emprendieron viaje a la capital del país por toda la Carretera Central, con paradas en poblados y ciudades y un mar de pueblo identificando la victoria.
De lo transcurrido en esa larga trayectoria por toda la Isla, una constante aparece en cada reportaje, crónica o información de la época. Fidel junto al pueblo, Fidel aplaudido por el pueblo, Fidel ovacionado en cada ciudad. Fidel habla a la población a su paso por una y otra ciudad…
Stevenson no está. Fidel no está. Dos hombres, unidos en vida por una larga amistad y, sobre todo, por el gran sentimiento de lealtad.
Fidel lideró una Revolución, navegó en un yate con 81 hombres, se fajó en la Sierra Maestra, puso a correr al tirano, disertó con la palabra, fue faro y guía de los pobres y oprimidos del mundo. Sin embargo, pudo tomar otro camino.
Pudo desentenderse de los abusos, de la desigualdad; cualidades le sobraban para convertirse en abogado de renombre.
Bastaría con encontrar las palabras precisas, las exactas; aquellas que logren describir, sin recortes subjetivos o excesos, todo el amor y el dolor de un pueblo. Porque los cubanos fuimos a la Plaza por amor a Fidel. Y también por dolor.
La Plaza, este lunes, era una fila larga, interminable, sinuosa. Y lo eran tres salas del Memorial José Martí. Era un Fidel vestido de guerrilla, con mochila de campaña y botas para desandar el tiempo. Y era algo más: una mirada posada en el horizonte, que bien podría ser posada en el futuro.
Ayer en la Plaza, al pie de la imagen de mármol de Martí, confirmamos que no se han acabado todavía, ni en Cuba ni en el extranjero, los testigos de la obra y el ideal de Fidel. Además, se hace realidad aquello que Haydée Santamaría dijera de su hermano Abel, y puede ahora aplicarse también al Comandante en Jefe: «Todo se hace más hermoso cuando se sabe que después, físicamente, no se va a tener».
Un mar de fuerza inconmensurable y, a la vez, frágil y silencioso, un mar de sentimientos... Muchos escogieron el llanto como expresión. Otros, aparentemente más fuertes, se mostraron parcos y abstraídos, aunque dejaban ver la fisura en su interior.
Empujando un cochecito, a bordo del cual viajaba su bebé de solo cuatro meses, llegó a la Plaza este lunes Geidy Padrón Blanco, una joven de 30 años que no dudó en subir la pendiente hasta el Memorial, sin descuidar en el proceso sus responsabilidades maternas.
Este lunes, entre la una y casi las cuatro de la tarde, era un enjambre humano lo que se divisaba desde el Memorial José Martí, en la Plaza de la Revolución, y hasta en las calles por donde, en filas, avanzaba un pueblo para despedir a su Comandante en Jefe: al inmortal, como casi todos exclamaran, al preguntarles con qué adjetivo nombrarían a Fidel.
Después de muchos años de solicitud, el sueño se hizo realidad: la Odepa le concedió a Cuba la realización de los Juegos Deportivos Panamericanos de 1991, que del 2 al 18 de agosto, tuvieron como sede a La Habana, en tanto Santiago de Cuba fungió como subsede.
A esa cita continental asistieron 4 519 atletas procedentes de 39 países. Cuba le arrebató a Estados Unidos el primer lugar por países, algo que solo había conseguido Argentina, en Buenos Aires 1951.
Mandatarios y representantes de diversas naciones del orbe llegaron este lunes a La Habana para unirse al pueblo y Gobierno cubanos en el último adiós al Comandante en Jefe Fidel Castro.
VENEZUELA: «FIDEL Y CHÁVEZ SON PADRE E HIJO DE DOS REVOLUCIONES HERMANAS»
Camino a despedirlo. Paso primero frente a la escalinata universitaria. Desde la calle veo a diez o doce muchachos y muchachas que, alrededor del Alma Mater, sostienen banderas y fotos de Fidel. Están allí desde el sábado en la mañana. Nadie los observa, los medios de prensa no les toman fotos. Ellos, sencillamente, como estacas, están ahí.
La plaza es un mar de gente. Es la manifestación más grande que recuerdo. Son miles. Están ahí desde poco después del mediodía, y estarán también durante las próximas cuatro horas.
Otra vez la Plaza de la Revolución, lugar sagrado que ha sido el vórtice de tantas batallas, volvió a ser la grande de tantas veces.
Si alguien quiere aquilatar tu siembra; si alguien necesita confirmar tu extraordinaria huella; si alguno quedó atrapado en las fabulaciones de cierta prensa afanada en ensombrecer tu influjo; si hay quien pensó que te quedaste sólo como el político más importante del pasado siglo; si no le bastó con la Plaza repleta de la noche del martes; que se pare ahora mismo al borde de la Central carretera. Ahí, en el nervio principal de la Isla, podrán encontrar la respuesta.
Ni pudieron matarte, ni pudieron vencerte. Y mucho menos lograron arrancarte del alma de tu pueblo.