Desde el seno mismo de la obra revolucionaria que él fundó, de distintos modos se ha dicho que nadie volverá a tener en Cuba la autoridad que décadas de consagración a su pueblo concentraron legítimamente en Fidel Castro. Al vaticinio se suma la comprensión de que se trata de un ser humano cuyos cargos podrán o deberán necesariamente ser ocupados por otros, pero él —de tan excepcional— es insustituible.
El rostro de la pedagoga Enma Gago Pérez, Heroína del Trabajo de la República de Cuba, reflejaba tristeza. Sus ojos insomnio. Su voz el dolor del abatimiento.   “Desde que en la noche del pasado día 25 Raúl informó al pueblo de Cuba y al mundo el fallecimiento de Fidel, prácticamente no he podido dormir. Grande ha sido mi sufrimiento”, relata con palabras suaves y entrecortadas.    
Una voz quebrada se escucha en el televisor. Otra garganta que llora, que tiembla de emoción sincera. Es una voz que conozco, que conocemos bien cientos de cubanos porque siempre llega acompañada de alegría. Pero hoy, es una voz triste.   Cuando Carlos Alberto Cremata habla de Fidel se desgarra. Ha perdido a su segundo padre. Y lo despide en el mismo lugar, donde 40 años atrás dio el último adiós a su padre, asesinado en pleno vuelo de Cubana de Aviación. Barbados, 1976.  
Sobre las cinco de la madrugada, Manuel se sube a un asiento trasero de un jeep americano. Con él, abordan otros cuatro hombres. Luego el chofer. El jeep se pone en marcha.   Los seis visten de verde. Llevan armas, gorras y brazaletes del 26 de Julio bordados en la manga de la camisa. Manuel tiene un fusil calibre 30: un M1 semiautomático con cargador y proyectiles largos como el dedo chiquito. Dentro del jeep, lo lleva entre las piernas. Tiene 57 proyectiles y acaba de cumplir los 20 años.   Es 30 de noviembre de 1956.   ***  
El levantamiento armado del 30 de noviembre de 1956, organizado y dirigido en Santiago de Cuba por Frank País García en apoyo al desembarco del Granma, trasciende de manera especial en su aniversario 60 como legado de heroísmo y fidelidad a la lucha revolucionaria convocada por el Co­mandante en Jefe Fidel Castro Ruz.  
Como todos los auténticos, el símbolo fue enlazado por la visita de Fidel al sitio el 11 de abril de 1995, justo un siglo después: cual una montaña verde contra el negro de esa noche, el Comandante ondeó la misma bandera por la que llegó Martí.
Cientos de miles de fidelistas en la Plaza. Rostros de dolor y sobrecogimiento desbordaron el mismo sitio donde tantas veces lo buscamos a él. Un Martí tenuemente iluminado asistía  a la despedida de su discípulo más devoto, al Fidel que prometío y cumplió.
Es la conclusión a que llega quien conozca Cuba y la materia prima de que están hechos su pueblo, sus hermanos latino-caribeños y los de todo el mundo. Fidel se ausenta físicamente para multiplicarse en las dolidas y fervorosas multitudes de niños y jóvenes, de hombres y mujeres cubanos de todas las edades, que la noche del martes proclaman ¡Yo soy Fidel! en la Plaza de la Revolución y en todos los rincones de Cuba. Pero igual podían haber sido venezolanos, bolivianos, ecuatorianos, argentinos, brasileños, nicaragüenses, salvadoreños, mexicanos, caribeños.  
Verano de 1993, en horas de la noche. Es­ce­nario: Consejo de Estado, en la Plaza de la Re­volución. El equipo Cuba de béisbol acababa de arribar a la Patria luego de otra exitosa actuación en tierras foráneas. Y el anfitrión no podía ser otro que el Comandante en Jefe Fidel Castro.  
Preguntó Daniel Ortega en el Memorial José Martí de la Plaza de la Revolución de la Habana, en el tributo a Fidel, ¿en dónde está Fidel? Y el pueblo cubano, enardecido, agradecido y amando, al unísono contestó: ¡Yo soy Fidel¡ ¡Yo soy Fidel! ¡Yo soy Fidel! En ese instante  volvió a vibrar Cuba, como en aquel 1ro. de enero de 1959; el mundo escuchó al pueblo cubano, los vientos y los mares hicieron eco del amor recíproco entre el Líder la Revolución Cubana y su pueblo.  
Fidel nos mira aun después de muerto, no porque yo piense que haya vida después de la muerte. Tampoco se trata de un recurso literario para adornar la tristeza, ni para descargar esta tormenta emocional que me sigue oprimiendo el pecho y la garganta; esto último solo el tiempo lo resolverá. Voy a tratar de explicar este título aparentemente de ficción.  
Corría el mes de Octubre del año 2004, un día poco habitual alteraba nuestra rutina de estudiantes de medicina. Esa tarde tendríamos la posibilidad de participar de un acto en la Plaza Ernesto Che Guevara, que contaría con la presencia del líder de la revolución.