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El último adiós al líder de la Revolución Cubana, y la partida hacia Santiago de la Caravana de la Libertad, que traslada las cenizas de Fidel, ha ocupado las primeras planas de los principales medios de comunicación a nivel mundial.
En Nicaragua, La Voz del Sandinismo dedicó el artículo Fidel y su camino eterno a reseñar los primeros momentos de la Caravana: «¡Fidel, Fidel!, ¡Vida eternamente Fidel! ¡Fidel Siempre! ¡Hasta siempre Comandante! y ¡Fidel no ha muerto!, son algunas de las frases que se escuchan al pasar el cortejo fúnebre!».
A las seis de la mañana del miércoles, otro 30 de noviembre rebelde, una salva de artillería removió los cimientos de La Habana, todavía oscura. El mismo ruido atronador que persigue a los cubanos hace tres días, desde San Antonio a Maisí.
Este frío amanecer impactó mucho más a miles de fieles que no habían dormido, ni un minuto.
Disversos líderes se unen al dolor del pueblo cubano.
Tu cuerpo marcha a Santiago, hacia ese paraje imperecedero que tienen los grandes, los que burlan las campanadas del tiempo. Caminas sobre los hombros de ese mismo pueblo que ha llorado tanto, que sigue amándote más allá de lo posible y no deja de decir tu nombre. Revives esa ruta que hiciste memorable, como todo lo que tus manos cálidas han tocado.
Sabes, porque lo sabes, que hombres de tu talla no mueren, solo crecen. No bastan entonces las palabras, simplemente no alcanzan, para describir «eso» que a los ojos de la gente te hace, Comandante, eterno.
A ambos lados de la calle la familia espera reunida. Hay niños con su uniforme muy cerca de sus padres, junto a sus maestros, esposos que se abrazan, madres e hijas que se besan, vecinos que el día anterior asistieron a la Plaza de la Revolución y sin quitarse el polvo del camino se arremolinan en las aceras para ver pasar al Comandante. Todos conversan, pero bajo. Nunca en la Virgen del Camino, místico espacio que en el municipio de San Miguel del Padrón bendice al «peregrino que busca en ella su inmortalidad», hubo tanta gente reunida, ni tanta solemnidad.
Casi 57 años después de su entrada triunfal en Santa Clara aquel 6 de enero de 1959, Fidel regresa de nuevo a esta tierra, y lo hace como entonces; invicto, victorioso y con muchas metas por cumplir.
En aquella histórica jornada, era un joven cargado de sueños y esperanzas y con un mundo de tareas por hacer para honrar lo prometido durante el juicio del Moncada. Los retos eran inmensos, sin embargo la fuerza de huracán que lo caracterizaba y su extraordinario ímpetu juvenil auguraban la victoria.
Personaje controvertido en Occidente, donde es fuertemente criticado, Fidel Castro es admirado, en cambio, por los pueblos de América Latina y del Tercer Mundo, que lo consideran un símbolo de la resistencia a la opresión y un defensor de la aspiración de los países del Sur a la independencia, a la soberanía y a la autodeterminación.
Fidel ha muerto, pero es inmortal. Pocos hombres conocieron la gloria de entrar vivos en la leyenda y en la historia. Fidel es uno de ellos. Perteneció a esa generación de insurgentes míticos —Nelson Mandela, Patrice Lumumba, Amílcar Cabral, Che Guevara, Camilo Torres, Turcios Lima, Ahmed Ben Barka— que, persiguiendo un ideal de justicia, se lanzaron, en los años 1950, a la acción política con la ambición y la esperanza de cambiar un mundo de desigualdades y de discriminaciones, marcado por el comienzo de la guerra fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos.
Sabíamos que, en cierta dimensión, era inmortal. Pero lo queríamos presente, aunque fuera a través de aquellas fotos fijas que nos llegaban cuando algún visitante que merecía su atención era recibido por quien, hasta el último momento, se preocupó por los problemas del mundo como nadie de nuestro tiempo era capaz de hacerlo.
No saben qué destino toma una lágrima cuando no se seca en la mejilla de una anciana. No pueden explicar a dónde va el amor de un niño cuando se pinta en la frente, en las mejillas, en los brazos… un nombre de guerrero. No comprenden qué sabor tendrá el adiós cuando se agitan las banderas del recuerdo o se enciende una vela para iluminar los caminos venideros. Quien no conoce por dentro a Cuba -o a los cubanos- no se atreve a abrirse el corazón y dejar que entre el aluvión de sentimientos que nos sobreviene.
Un provocador me interpeló sobre qué va a ser ahora de Cuba sin Fidel.
“Pregunta equivocada”, le dije, “que tiene su origen en la ilusión imperial de liquidar la Revolución”.
Nunca habrá Cuba sin Fidel, como tampoco hay Cuba sin Martí, y ninguna nación sin sus padres fundadores. Fidel está en nuestra existencia toda y en las enseñanzas y el ejemplo que nos legó. Por eso, millones de cubanos corean persuadidos: “Yo soy Fidel”
Consciente del papel histórico que las empresas transnacionales han jugado en la concepción y aplicación de las políticas neoliberales a partir de la década de los años setenta, la voz de Fidel se ha elevado para reflejar la esencia de tales manipulaciones y dedicar al estudio de estas expresiones del sistema capitalista importantes análisis, indispensables a la hora de desentrañar las causas que provocan tales fenómenos y discutir sobre las políticas alternativas para impulsar otro mundo posible.