La silla vacía que permanece así en el estrado del Palacio de Convenciones de La Habana estará por primera vez ciertamente en silencio, deshabitada. Pocas veces volvió allí en esta década quien inauguró ese espacio, donde estuvo inmensas horas razonando, escuchando, preguntando. La última vez que visitó ese sitio, siempre suyo, transcurría el VII Congreso del Partido, en abril pasado. También sus palabras fueron las últimas que pudieron escuchársele públicamente. De su voz se oyó que el pueblo cubano vencerá.  
En la madrugada del 26 de noviembre pasado se eclipsó la luna y las estrellas detuvieron su tintinear. Al filo de la una, me llegó la noticia de tu desaparición física, no daba créditos a lo que unos minutos después pude confirmar.
Para el joven Roberto Rodríguez la Sierra Maestra era sinónimo de Fidel. Lo único que sabía era que allí había un grupo de barbudos, con una especie de deidad al frente, que luchaban por cambiar la situación del país y por esa razón decidió irse al encuentro de tal aventura, que luego se convirtió en historia y más tarde en leyenda. Él también sufrió las metamorfosis de la epopeya, pues llegó como un joven trotamundo y partió hacia la posteridad como un capitán invencible, jefe de un Pelotón Suicida.  
Un loco se dijo hace 2 mil años hijo de Dios, y otro, que apenas somos un chispazo en la infinitud del Universo. Un tercero probó que no fuimos ni seremos primeros ni últimos en la cadena de la evolución; un cuarto, que el ser es antes que el pensar, y un quinto, que la sexualidad sin alegría hace mal a la salud.  
«Que monstruos, no saben la inteligencia, el carácter, la integridad, que han asesinado». Así definió el Comandante en Jefe de la Revolución Cubana Fidel Castro Ruz el atroz crimen en el que perdió la vida Frank País García.
Cuando la Revolución triunfa el Primero de Enero de 1959, encontró un panorama desolador, que nos ubicaba entre los países más pobres de Latinoa­mérica y del mundo. 
En estos días, uno de los temas noticiosos más connotados –a propósito de su desaparición física- ha sido la personalidad, impronta y legado de Fidel Castro, la huella dejada en sus contemporáneos, el ejemplo de tenacidad, disciplina, valentía, solidaridad, optimismo, su visión de futuro; a la par que muchos han recordado los numerosos planes, complots y conspiraciones que Estados Unidos urdió durante más de medio siglo para asesinarlo.  
El Frente Guerrillero de Pinar del Río fue siempre un sueño y propósito principal de los combatientes de esta provincia en la lucha contra la tiranía batistiana. Varios fueron los intentos de los pinareños por lograr dicho objetivo, desde que el 30 de noviembre de 1956, dos grupos de jóvenes revolucionarios, bajo el mando de Rafael Ferro, Ferrito, auxiliado por otros jefes de células, y Roberto Amarán, se alzaron por las zonas de Viñales y Malas Aguas, en Santa Lucía, respectivamente, en apoyo al desembarco del Granma.  
Dentro de algunas horas se va el 2016  que ha tenido un final doloroso. Juro que en lo personal debería estar muy feliz,  me asisten sobradas razones para ello, pero confieso que tengo un pesar que se hace ardor dentro, almendra amarga en los labios, y aunque pasan los días sigue ahí esa sensación de angustia por la desaparición física de Fidel.  
Es de noche en Santiago de Cuba. No cabe ni un alma más en el parque Céspedes y sus alrededores. Por primera vez, en mucho tiempo, se respira un aire diferente en la indómita ciudad. No más el ulular de sirenas presagiando la voluntad del crimen, no más madres enlutadas en procesión por las calles, no más la furia de los esbirros contra la juventud.
A lo largo de muchos años es imposible retener los detalles de cada uno de los hechos vividos. Algunos se conservan en la memoria como si acabaran de ocurrir; yacen en la memoria de miles de personas por la relación de cada uno de ellos con sus vidas. Los demás quedan envueltos en la brume del tiempo. Harían falta cientos de miles de páginas para retenerlos.
No habrá monumentos, ni esculturas, ni avenidas, ni plazas que lleven su nombre pero no habrá Cuba sin Fidel y eso lo sabemos todos. Hay una obra imborrable que marcó un antes y un después en la historia de Cuba, de América Latina y en la historia universal y que aún despierta admiración por la rara coherencia entre el noble sueño de una generación y su legado. El que revise hoy las prioridades del proyecto de presupuesto que aprobó el parlamento cubano en diciembre del 2016 comprenderá.