Las cenizas de Fidel reposan en el cementerio Santa Ifigenia, de Santiago de Cuba, en una modesta piedra de granito, pero el revolucionario que siempre fue ha comenzado, en realidad, otra dimensión de su lucha.   Así lo revelaba, incluso, cuatro meses antes de su fallecimiento el pasado 25 de noviembre, un sondeo realizado a jóvenes, durante un seminario de preparación para dirigentes juveniles de las universidades de todo el país, diseñado por el Buró Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas y el Secretariado Nacional de la Federación Estudiantil Universitaria.
Dicen que no quiso llegar al 2017, después de vivir casi un siglo. Dicen que antes de irse, dio gracias a la vida a la que ha revolucionado tanto. Dicen que en el momento de partir, Fidel miró hacia atrás, y vio a Cuba de pie. Dicen que se volvió una vez más, y mirando al pueblo cubano, con su voz finita de intimidad, le dijo que no afloje, que siga el camino. Que volverían a encontrarse en cada esquina de la historia, cantando juntas y juntos, en clave de sol.
“El más educador, el ejemplo de toda mi vida fue Fidel. Almeida expresó que era como un guerrillero a la ofensiva, y yo digo que sobrepasó el ámbito militar, porque también lo fue para las construcciones, para la salud, para la agricultura…”.
“En 41 años, los organismos de seguridad cubanos conocieron y desmantelaron 634 complots homicidas contra Fidel Castro, en diferentes estadios de elaboración, sin contar los que pudieran no haber sido descubiertos, un record que ningún otro líder mundial ha alcanzado en la historia de la Humanidad”. De ellos, 60 estaban ejecutivamente dirigidos por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) y 10 contaban con participación del crimen organizado estadounidense”.  
Siempre supimos que su obra y ejemplo eran más grandes que cualquier geografía. Ese sentimiento se apoderó de los cubanos, prácticamente desde el instante fundacional. Aquel en el que proclamó con energía, derechazo al mentón de la dictadura batistiana, que el autor intelectual del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes era José Martí.  
Siempre supimos que su obra y ejemplo eran más grandes que cualquier geografía. Ese sentimiento se apoderó de los cubanos, prácticamente desde el instante fundacional. Aquel en el que proclamó con energía, derechazo al mentón de la dictadura batistiana, que el autor intelectual del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes era José Martí.  
La necesidad económica lo obligó a entrar muy joven en el ejército de la dictadura, y la casualidad lo llevó a cuidar por cinco días la mítica embarcación. Juan Rafael Boligán González fue descubriendo a retazos la grandeza de la hazaña que comenzó en lo que, en 1956, no le parecía más que un «bote en lo hondo del mar»
Con el testimonio de Isabel González Villardi, damos continuidad a la publicación de anécdotas de visitas o encuentros con Fidel, que tan gentilmente nos hicieron llegar trabajadores de todo el país.   Nos escribió el 22 de diciembre último, coincidentemente, cuando se cumplieron 55 años del intercambio del líder histórico de la Revolución con un grupo de jóvenes brigadistas bayamesas, que viajaron a La Habana para participar en el acto nacional donde Cuba fue declarada Territorio Libre de Analfabetismo en América.  
La obra titulada Diálogo de Paz II, del joven creador de la plástica Erik Varela Ravelo, fue emplazada en el lobby del internacionalmente reconocido Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas (Cimeq), para integrarse a la selecta y valiosa colección de arte cubano contemporáneo existente en esa institución.  
“Un día a las 10 de la noche, Fidel se comunica conmigo por teléfono: ‘Palmero, ¿qué estás haciendo?’. Le confieso que me siento muy incómodo porque Villa Clara está perdiendo en la pelota con Industriales, y la televisión había sido el escape porque llovía y no podíamos trabajar.   “‘Te llamé para preguntarte cuándo me entregas el frigorífico de Alquízar’. Era 28 de noviembre, y le informé que para diciembre del año siguiente. Me respondió: ‘¡Qué va!, lo quiero para abril lleno de papa’ y le contesté: Cuelgue, Comandante.  
En enero de 1959 el pueblo de Cuba abarrotó las calles de toda la isla para recibir la Caravana de la Libertad, que tiene hoy para los cubanos una nueva connotación tras el recorrido inverso realizado por el cortejo con las cenizas de Fidel Castro.   Si entonces celebraron por cada rincón del país el triunfo de la Revolución, hace unas semanas, tristes pero firmes, le profesaron el cariño y respeto que se ganó.   Hace 57 años tras la fuga del dictador Fulgencio Batista (1952-1959) el jefe guerrillero inició el 2 de enero su viaje hacia la capital.  
Forja fue Fidel. Primero de sí mismo, hasta ponerse en la ruta existencial como soldado de las ideas, cuyos conceptos perdurables signaron su destino en el torrente de su pueblo, para ser de todos los pobres y excluidos de la Tierra.   Por el tiempo histórico que transitó, pocas veces alguien auscultó el horizonte y pudo revelar que el único camino salvador para la humanidad y su casa común, el planeta, sería también la forja de la Revolución, cuyos caminos son insondables, como reza la sentencia bíblica.