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Resulta difícil contestar a una petición de recuerdos personales referente a una personalidad como Fidel, sin caer en el defecto de hablar más de uno que del personaje. Sin embargo, es el desafío que he aceptado. Mi primer contacto con Cuba data de antes de la revolución, en marzo de 1953, durante un congreso de la JOC. Después de 1959, he ido a la isla más de cincuenta veces, encontrándome con Fidel como en diez ocasiones. Se seguirá el orden cronológico enriquecido con reflexiones sobre el contexto general.
Che Guevara caracterizó a Fidel en la apasionante carta de despedida que inflamó a todos, como el estadista indómito de la Crisis de Octubre en 1962. Ese espíritu insumiso se irguió otra vez en 1963, de modo no menos dramático, durante la primera visita que hizo Fidel a la Unión Soviética, donde el pueblo moscovita lo recibió en las calles con desbordado entusiasmo.
Su acento extranjero la distingue dentro del grupo. Los pasos son suaves. Todos avanzan pensativos y en silencio bajo los portalones del Gobierno Provincial para rendir tributo póstumo a Fidel. Ella es una de las privilegiadas que lo conoció, que habló con él, que sintió su mano encima del hombro…
Lo conoció en 1991, en el Hospital Ortopédico Frank País, donde su niña Cristina, una de las víctimas del accidente de Chernobil, era atendida desde 1990.
En más de una ocasión Fidel relataría los sucesos acaecidos en la mañana del 18 de diciembre de 1956, cuando acampado junto con dos compañeros en la finca El Salvador, de Mongo Pérez, ubicada en un lugar conocido por Cinco Palmas, un muchacho le trajo una cartera de piel con la licencia mexicana de conducción de Raúl. Sin disimular su alegría, indagó: “¡Mi hermano!, ¿dónde está?… ¿anda armado?”. El serranito contó que Hermes Cordero, un vecino, le había dado la cartera para entregársela a Mongo.
Después de 14 horas de viaje en automóvil desde La Habana llegamos el 1 de diciembre a Santiago de Cuba para reportar el homenaje del pueblo cubano a Fidel al paso por las distintas localidades de sus cenizas y el gran acto en la Plaza Antonio Maceo para darle el pueblo oriental su último adiós.
En el largo viaje una veces marchábamos detrás y otras delante de la caravana. Teníamos que llegar a Santiago a tiempo antes del cortejo y lo logramos.
Este 14 de enero se cumplirán 55 años de establecida en Cuba la Serie Nacional de Béisbol, evento que reemplazó al torneo profesional imperante en la Isla desde la etapa pre-revolucionaria.
El estadio Latinoamericano, en La Habana, fue el escenario del memorable suceso, que le daría una connotación diferente, no solo al béisbol cubano, sino también al movimiento deportivo en el país, guiado por su máximo promotor: Fidel.
Los niños de mi generación crecimos con el sueño noble de verlo desde cerca, saludarlo, tocarlo y recibir uno de aquellos abrazos que veíamos por pantallas de televisores.
Conocimos las anécdotas de nuestros abuelos acerca del joven lleno de sueños que asaltó el cuartel Moncada, sufrió prisión, estuvo exiliado en México y volvió en un yate, junto a otros 81 corajudos, para subir hasta la Sierra Maestra y comenzar la guerra por la independencia.
La reunión que durante horas había agrupado a científicos de centros de investigación de La Habana había concluido. El debate había sido fructífero y la presencia de Fidel le confirió un realce especial al encuentro. Cuando pensábamos que el Comandante en Jefe se había marchado, de pronto lo vi aparecer: quería compartir con los asistentes en un ambiente más coloquial.
Después de 14 horas de viaje en automóvil desde La Habana llegamos el 1 de diciembre a Santiago de Cuba para reportar el homenaje del pueblo cubano a Fidel al paso por las distintas localidades de sus cenizas y el gran acto en la Plaza Antonio Maceo para darle el pueblo oriental su último adiós.
Al niño Fidel le crecen en la retina La Sierra y sus habitantes, que con él formaran un armonioso conjunto de elementos en equilibrio. Desde la casa paterna aprende a amarlos, y su espíritu visionario sabe que ha nacido para servirles, para ser un igual, un hermano.
Los cálculos más optimistas chocaron con la realidad el domingo 14 de enero de 1962, cuando el Parque Latinoamericano tuvo la concurrencia record de 23,251 asistentes, al iniciarse el Torneo de Beisbol Aficionado tras el hit inaugural conectado por el doctor Fidel Castro, Primer Ministro del Gobierno Revolucionario.
Es una de las remembranzas que comparte María Teresa Cáceres Martínez, quien mientras estudiaba para ser maestra, volvió a estar cerca de Fidel, en la clausura del VI Congreso de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media, “donde el líder histórico patentizó su confianza en la juventud cubana”.
Años más tarde coincidieron en el XVIII Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba. “Era como si el tiempo no pasara para él —afirma—, siempre el mismo ímpetu y las preocupaciones por todo lo relacionado con los trabajadores.