La palabra utopía representa lo ideal, lo prácticamente imposible de realizar, lo que parece casi ficción en el mundo real. Muchos hombres a lo largo de la historia han sido criticados por soñar que se puede cambiar lo que otros decidieron que era la norma general, por luchar contra el statu quo. Algunos murieron en el intento, y quienes perseveraron abrieron los caminos para hacer viables esos sueños a pesar de las colosales dificultades que encontraron.  
Una generación de jóvenes audaces, liderados por Fidel Castro Ruz, logró derrotar a una de las dictaduras más sangrientas y bien armadas de América Latina. El 1ro. de enero de 1959, desde el parque Céspedes de Santiago de Cuba, el Comandante en Jefe expresaba su compromiso con el pueblo cubano:  
Entre 1959 y 1969, el fotorreportero estadounidense Lee Lockwood retrató Cuba y al victorioso líder revolucionario Fidel Castro con una libertad sin precedentes. Aquel trabajo incluye una maratoniana entrevista con el propio líder cubano que se extendió durante siete días.  
Aquí estoy contando un año después, que la madrugada del 25 de noviembre el timbre telefónico irrumpió el silencio, para con voz entrecortada y entre sollozos una voz agradecida me dijera que habías muerto.   El nudo apretado en la garganta selló el silencio que inundó la línea y minutos más tarde se me agolparon unas tras otras las frases: “No puede ser, pero cómo…,” “¿quién te lo dijo…?”, “NO, él no ha muerto”…  
Cuando leí por primera vez Cada palabra una idea, cartel del Concepto de Revolución, expresado por el Comandante en Jefe Fidel Castro, la primera palabra que removió mi memoria fue «modestia». Mi mente recorrió un tiempo largo, tanto como el año 1955. Nadie puede dudar que entonces ya Fidel fuera un hombre culto.
El independentista puertorriqueño Oscar López Rivera rindió homenaje en el cementerio de Santa Ifigenia a Fidel Castro, como su primer gesto a la llegada a Santiago de Cuba, donde también reverenció a otros próceres.  
Ser fidelista no es una desviación de la teoría marxista. Es ser marxista, martiano y tener una confianza infinita en la genialidad de un dirigente -de los que nacen cada cien años y que nuestra generación tuvo la suerte de coincidir con él- y de participar bajo su guía en la gesta definitiva de la redención de la patria.  
La mayoría de los participantes en la Campaña de Alfabetización en Cuba se aproximan o rebasan ya los setenta años y otros se han unido en la historia a los 42 que entregaron sus vidas durante la epopeya de 1961.  
Desde los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, el 26 de julio de 1953, no ha existido en Cuba suceso político de relevancia que no haya estado marcado por la impronta indeleble de Fidel Castro Ruz. El hombre convertido en leyenda, que desde el 25 de noviembre pasado, sigue los destinos de la Revolución Cubana sentado vigilante, junto a José Martí, en el Olimpo sagrado de los héroes de la Patria.  
Lo mismo con un mapa desplegado sobre el capó de un yipe soviético que contando los granos de espiga, Fidel concibió y dirigió el proyecto arrocero del Sur del Jíbaro  
A fines del siglo XIX era ya inimaginable una Revolución social auténtica que no ubicase sus sueños de redención en el ser humano, una atalaya que desborda los límites de la raza y la nación. La democracia griega excluía a los esclavos y a las mujeres y –sin extenderme en ejemplos de otras épocas– los ideólogos de la Revolución burguesa se desentendían, además, de los pueblos colonizados. Pero ni estos, ni los obreros y campesinos de las metrópolis podían emanciparse sin una concepción humanista que abarcara a todos, incluso a los explotadores y a los colonizadores.
La vida de un revolucionario se resume en un batallar sin tregua, sin reposo, en pos de una causa. Llevados por una fe inquebrantable en la victoria, permanente espíritu de optimismo, y movidos por los más puros valores y convicciones que alimentan las ideas, los revolucionarios son capaces de desafiar tempestades y cambiar el mundo.