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Este precepto, que junto a otros conforma el concepto de Revolución expresado por Fidel, encuentra su fundamento en la concepción martiana de que «fuera de la verdad no hay salvación»; y de que «Manda el que dice a tiempo la verdad. La verdad bien dicha, dicha a tiempo, disipa, como si fuesen humo, a sus enemigos».
«El hombre –decía Víctor Hugo– es un rey cuando sueña», y posiblemente no haya habido sueño tan abarcador y milenario en la azarosa aventura de la humanidad como el de alcanzar la igualdad y la libertad plenas, dos conceptos que se convertirán en objetivos básicos de las revoluciones.
Así emerge el ser humano desde su naturaleza básica y avanzando por el camino de su evolución. Aún sin saberlo, cambia todo lo que debe ser cambiado. Porque el camino de convertir su potencialidad en su realidad, su raíz en su realización plena, es el camino de su autotransformación. No cambiar es perecer. No cambiar es quedar en el camino sin realizar su esencia primaria. El ser humano es, en su origen mismo, un (r)evolucionario biológico, genético. Y desde aquí, su destino quedará inexorablemente ligado al cambio. No se detendrá nunca. Y si se detiene, se niega, se autodestruye.
Una montaña se deslizó espectacularmente, sepultó un caserío y trancó el río Guamá que formó una inmensa laguna entre las lomas de Pinalito, en Guisa. Un nuevo deslave amenazaba con llevarse otro gran trozo de la Sierra Maestra, pero los haitianos y los jamaiquinos se resistían a salir de los varentierras que habían quedado en pie después del paso del ciclón Flora, en los primeros días de octubre de 1963.
Son numerosas las referencias de quienes trataron con frecuencia a Fidel o de quienes compartieron con él, ya fuera a solas o en grupos, acerca de su constante preocupación por atender los más diversos asuntos propios de esas personas o de cualquiera otra relacionada con él o con su trabajo. Tales testimonios rememoran ejemplos y momentos diversos, desde los preparativos para el asalto al cuartel Moncada hasta sus años finales, cuando su vida pública se redujo notablemente.
Con 88 años, Marcos Pérez Álvarez recordaba el anochecer de 1966 en que Fidel Castro, entonces Primer Ministro, le solicitaba que fuera a recogerlo en la vivienda campesina donde el líder de la Revolución se encontraba.
Contaba el entonces director de la Escuela Formadora de Maestros Manuel Ascunce Domenech, así nombrada en honor al joven mártir de la alfabetización, que Fidel colaba café allí, durante un alto obligado en la vía de la Loma de la Ventana a La Sierrita, en el Escambray.
Meses atrás, el tema de conversación en mi casa fue diferente: la mayoría del tiempo se habló de "Alberto". En varias ocasiones anteriores había escuchado ese nombre relacionado con uno de los fenómenos meteorológico que más daño ha provocado en Pinar del Río.
Fue la depresión tropical que se distinguió por las intensas precipitaciones que afectaron a la provincia desde su formación el dos de junio de 1982, provocando grandes inundaciones, muchas de ellas sin precedentes en la historia, y pérdidas de vidas humanas y materiales.
De forma lenta y discreta un grupo de compañeros trabajó durante diez años en el sepulcro que, llegado el momento, guardaría las cenizas del líder de la
Revolución Cubana.
El cementerio Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, es visitado por miles de personas anualmente. Su valor patrimonial e histórico constituye un sitio relevante a nivel nacional. Los mármoles de alta calidad de las tumbas, panteones y mausoleos, y las estructuras de los monumentos, son dignos de contemplarlos como obras de arte que honran la vida.
Resulta verdaderamente difícil pronunciar palabras en estos días luctuosos en que la Patria ha dado sepultura al más puro, sencillo, visionario y ejemplar de sus hijos, al revolucionario incansable, tenaz e inspirador, que desafió victoriosamente lo imposible, para dejar una impronta de resistencia, optimismo, fe en la victoria y solidaridad, que ha marcado la forja de un pueblo, agradecido e identificado con su vida virtuosa.
Velar por el traslado, custodia y resguardo de las cenizas del Comandante en Jefe durante su recorrido por toda Cuba, constituyó durante cinco días la misión de honor de este hombre de ceremonia.
Sus muchas tareas y los azares de la vida escogieron el lugar y el momento adecuado para esta entrevista, pero eso lo supimos cuando la concluimos. Antes, replanificamos una y otra vez el encuentro hasta lograr vernos en la Plaza de la Revolución, el mismo sitio donde recibió la noticia de la muerte del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
Una melodía diferente acompañó la ceremonia de inhumación de los restos del
Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Compuesta específicamente para la ocasión por el teniente coronel Ney Miguel Milanés Galves, director por más de tres décadas de la Banda de Música del estado Mayor General de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, esta composición rindió tributo al eterno Fidel.
Fidel nos enseñó a creer, a tener fe y a cumplir lo imposible aunque el dolor y la tristeza fustigaran en lo más hondo. Este legado prevaleció cuando el corazón estuvo apretado y la actividad más importante de nuestras profesiones se convirtió en acompañarlo durante su viaje a la eternidad.