Hacía un día de primaveral dulzura, anegado por esa luz refulgente y ese aire cristalino tan característicos del mágico diciembre cubano. Llegaban olores del océano cercano y se oían las verdes palmeras mecidas por una lánguida brisa. En uno de esos “paladares” que abundan ahora en La Habana, estaba yo almorzando con una amiga. De pronto, sonó el teléfono. Era mi contacto: “La persona que deseabas ver, te está esperando en media hora. Date prisa.” Lo dejé todo, me despedí de la amiga y me dirigí al lugar indicado. Allí me aguardaba un discreto vehículo cuyo chófer puso de inmediato rumbo...
El primer día de enero de 1959, casi Santiago entero cupo en las calles y la plaza principal de la ciudad. Por diferentes rutas y desde todas direcciones avanzaron los barbudos que bajaban de la Sierra, mientras eran aclamados por el pueblo convertido en masa eufórica.
Cincuenta y cinco años atrás (se dice fácil) monté en un caballo blanco y cremita, “un penco” al decir de mi Papá que lo atendía “a piso”, algo así como estar pendiente del animal en la finca El tanque que le cuidaba a un casi terrateniente holguinero. Allí pasé desde mis tres o cuatro años hasta los nueve. Mis padres no me dejaban ir sola al fondo, porque en el límite de lo que era el barrio La chomba había un burdel, dicho en forma fina, (bayú era como decían mis viejos y mis hermanos) al que iban guardias de Fulgencio Batista y a cada rato había una bronca, con tiros y todo.
El 4 de enero de 1959 fue un domingo inolvidable para los camagüeyanos. La Caravana de la Victoria, con el Líder de la Revolución al frente, irrumpía la noche de ese día en la Plaza de la Caridad, hoy de La Libertad, de donde Fidel en emocionado discurso se dirigió al pueblo delirante de alegría.
Fue en la tarde del miércoles 4 de enero de 1989. Fidel se veía muy feliz mientras recorría las instalaciones de la Exposición permanente de los resultados económicos y sociales de la República de Cuba, que se había decidido inaugurar ese día con motivo del XXX aniversario del triunfo de la Revolución. La apertura del llamado a convertirse en el más importante recinto ferial del país y sitio recreativo por excelencia de las familias habaneras y de muchas de otras provincias, constituía el acto central por la significativa celebración.
Desde las primeras noticias radiales y televisivas de la partida de los rebeldes en la Caravana de la Libertad rumbo a la capital del país, con Fidel al frente, una muchacha de Catalina de Güines, entonces territorio habanero, tuvo una noble idea.
Las puertas de las bodegas, restaurantes, cafés, tiendas,  bancos, instituciones económicas, ministerios y otras muchas dependencias amanecieron cerradas en La Habana el jueves 8 de enero de 1959. La venta de bebidas alcohólicas quedó prohibida. Las principales calles se engalanaron  colocando banderas cubanas y del 26 de Julio en dependencias estatales, en comercios y viviendas. Así se dispuso para que todo el pueblo pudiese dar una calurosa y hermosa bienvenida a Fidel Castro y los barbudos de la Sierra Maestra.
Creo que todos los que tienen en Cuba edad suficiente para ello recuerdan cómo supieron de la fuga de Batista. El escribidor, con diez años cumplidos entonces, tiene vivo ese detalle, al igual que guarda memoria de otros acontecimientos de aquellos días iniciales de la Revolución: el llamado de Fidel a la huelga general; la componenda del general Cantillo para garantizar el batistato sin Batista; la efímera e inútil gestión, al frente del Ejército, del coronel Ramón Barquín; la fuga de los presos del castillo del Príncipe; las milicias del Movimiento 26 de Julio que patrullaban las calles; la...
No se repitieron en los días iniciales de enero de 1959, hace ahora 55 años, las escenas macabras que vivió la Isla a la caída de la dictadura de Gerardo Machado. Las jornadas transcurrieron con una cuota mínima de excesos. La muchedumbre, con certero instinto, no se tomó la justicia por su mano, como sí sucedió tras el desplome del régimen machadista, y desahogó su cólera contra los garitos y casinos de juego, los parquímetros y las máquinas traganíqueles, llamadas también ladronas de un solo brazo. Tiempo en Cuba, el periódico del senador Rolando Masferrer, jefe del grupo paramilitar...
La justicia es un derecho que tienen todos los movimientos revolucionarios para protegerse y al propio tiempo buscar la forma de triunfar, considera el doctor Miguel Ángel Duque de Estrada Ramos, quien afirma que en el caso cubano, la justicia revolucionaria ha sido una desde el 10 de octubre de 1868, porque el Ejército Rebelde siempre aplicó el mismo código penal que el Ejército Libertador, protegiendo los mismos intereses.
El 21 de enero de 1959, más de un millón de cubanos se concentró frente al Palacio Presidencial para demostrar su apoyo a la Revolución y su repudio a la campaña de prensa contra la aplicación de la justicia revolucionara a los crímenes de guerra. El acto contó con la presencia de 380 periodistas venidos de todo el continente americano.
Dejó de ser un cuartel. Ya no fue más el lugar donde las armas se usaban para asustar. Desde ese día se convirtió en el sitio para aprender a manipular las herramientas del saber. Fue el 14 de septiembre de 1959, en la conversión del cuartel Columbia en Ciudad Escolar Libertad, cuando se escuchó decir a Fidel, entre la multitud de niños: "¿Fortalezas, para qué?, si lo que hacen falta son centros de enseñanza". Ese día comenzó el primer curso escolar de la Cuba revolucionaria.