Ayer hablábamos del Ike financiero que enloquece al imperio.  Este no encuentra la forma de conciliar el consumismo con las guerras injustas, los gastos militares y las enormes inversiones en la industria de armamentos, que matan pero no alimentan a los pueblos ni satisfacen sus necesidades más elementales.
“Bush canceló todas las actividades. Tenía previsto viajar a Alabama y Florida para participar en actos de recaudación de fondos electorales.”
En la reflexión antes de ayer expresé que Cuba no aceptaría donación alguna del gobierno que nos bloquea y que en la Nota diplomática entregada a la Oficina de Intereses de Estados Unidos se solicitaba la autorización para que las empresas norteamericanas nos vendieran material de construcción;  la misma no mencionaba en absoluto los alimentos.  Se añadía la solicitud de que el comercio de tales materiales se realizara en términos normales, incluidos créditos, lo cual es elementalmente lógico con relación a un país que ha pagado al contado a lo largo de ocho años los pocos rubros...
Cuando el gobierno de Estados Unidos ofreció hipócritamente 100 mil dólares como ayuda frente a la catástrofe ocasionada por el huracán Gustav previa inspección in situ para comprobar daños, se le respondió que Cuba no podía aceptar donación alguna del país que nos bloquea;  que ya habían sido calculados los daños y lo que reclamábamos era que no se prohibiera la exportación de los materiales indispensables y los créditos asociados a las operaciones comerciales.
No nos habíamos repuesto todavía del impacto emocional y los daños materiales ocasionados por el huracán Gustav en la Isla de la Juventud y Pinar del Río, con vientos de fuerza inusitada, cuando comenzaban a llegar noticias de las invasiones del mar por el  Hanna, y la peor de todas: que el huracán de gran intensidad Ike, girando hacia el suroeste debido a la presión de un fuerte anticiclón al norte de su trayectoria, batiría más de mil kilómetros a lo largo y ancho del territorio nacional.
No exagero.  Es la expresión más generalizada de muchos compatriotas.  Es la impresión del Jefe del Estado Mayor General de las FAR, Álvaro López Miera, un militar experimentado, cuando vio en la Isla de la Juventud las torres de acero retorcidas, las casas convertidas en ruinas y la destrucción por todas partes.  
En la última reflexión, firmada el pasado martes 26 de agosto en horas de la tarde, cuando el huracán Gustav surgió inesperadamente, coincidiendo con la llegada de nuestra delegación olímpica, y amenazaba a nuestro territorio, escribí:  “¡Suerte que tenemos una Revolución! 
Observé cuidadosamente las reacciones mediáticas de Occidente a mi reflexión del domingo sobre los Juegos Olímpicos en China.  Hechos sensibles incluidos en ella fueron totalmente ignorados;  otros aspectos eran exaltados ad líbitum por los defensores de la explotación y el saqueo del mundo.
Si se hace una estadística sobre el número de instalaciones, campos deportivos y equipamientos sofisticados por millón de habitantes que acabamos de ver en los últimos Juegos Olímpicos: piscinas de natación, de clavados y de polo acuático; suelos artificiales para competencias de campo y pista, hockey sobre césped; instalaciones para básquet, para voleibol;  de aguas rápidas para kayak; velódromos para bicicletas de velocidad, polígonos de tiro, etcétera, etcétera, podría afirmarse que no están al alcance del 80 por ciento de los países representados en Beijing, equivalente a miles de...
Tal vez algunos gobiernos desconocen los datos concretos, por eso nos pareció muy oportuno el mensaje de Raúl fijando la posición de Cuba. Abundaré en aspectos que no pueden abordarse en una declaración oficial precisa y breve.
Están a punto de iniciarse los Juegos Olímpicos en China. Hace unos días escribí sobre nuestro equipo de pelota. Dije que nuestros atletas tenían una prueba muy dura y no eran ellos los que merecían las mayores críticas si algo no salía bien. Reconocí su calidad y patriotismo. Estaban deprimidos por las críticas que llegaban de Cuba.
Regresó el viernes de su viaje a Europa. Lo hizo sólo en cuatro días. Volando hacia el Oeste, llegó a las 11 de la noche a Caracas, cuando en el punto de partida, Madrid, estaba amaneciendo. Llamaron temprano de Venezuela el sábado. Me comunicaron que deseaba conversar por teléfono ese día. Respondí que sería a la 1 y 45 de la tarde.