Esas coincidencias son, para algunos, dignas de recordar; pero, para otros, constituyen sinónimo de la vergüenza que arrastran quienes, erróneamente, piensan que los muros de mentiras pueden protegerlos del descalabro.
En la prolífica historia de Cuba existen no pocos de esos instantes que, vale decirlo, tienen sobre todas las cosas algo en común, la fuerza de este pueblo y de aquellos que elige como sus líderes, y la disposición siempre latente de defender a la Patria y de cerrar el paso a la injerencia y el intervencionismo.
En medio del acecho del nuevo coronavirus, la decisión de nuestro gobierno ha sido mantener la colaboración médica, y en aquellas naciones donde existen internacionalistas cubanos, convertirlos en bastión de avanzada para enfrentar la pandemia y contribuir a los planes de medidas dictados por sus gobiernos
Asediar, impedir el funcionamiento de algo. Ese es el significado que el Diccionario de la Lengua Española propone al verbo bloquear. Una interpretación consensuada para la palabra, ofrecida desde la perspectiva de lingüistas y estudiosos de nuestro idioma.
Sin embargo, por muy respetables que sean esas definiciones, la subjetividad del ser humano amplía de forma considerable lo que la academia propone y es por eso que no alcanzaría todo el potencial científico de la rama para recoger las interpretaciones que, de ese término, puede aportar el pueblo cubano.
El oscuro rostro del fascismo, su intrínseca capacidad para avasallar seres humanos y pisotearlos fue lo que desató aquella resistencia en Praga. La respuesta fue una brutal represión que se robó, entre otras la vida de un estudiante. La impotencia, la rabia, el dolor, movilizó a sus coetáneos y otra vez respondieron los criminales con muerte, hostigaron las residencias estudiantiles, fusilaron a jóvenes inocentes y aun así no saciaron su sed de sangre, por eso enviaron a miles de estudiantes a un campo de concentración.
Amanece una vez más en la patria liberada. Agosto se empina, y tu nombre resuena en el tiempo, en ese espacio infinito cómplice de la historia. Con esas resonancias emotivas me atrevo a imaginar este diálogo amoroso y protector de dos hombres inmortales.
Hermano, ser de mi propio ser, vida de mi vida misma, tus manos aún las siento junto a las mías, las veo alzarse juntas por sobre los temporales del destino, y palpita en mi alma el más puro sentimiento de orgullo, sin los envanecimientos del poder ni las añoranzas de gloria; porque jamás fueron esos los sueños que compartimos.
Miseria, desalojos, hambre, invisibilidad… No puede describirse de otra manera la realidad del campesinado cubano antes de aquel enero de libertad, que barrió de un golpe tanta ignominia, que desterró para siempre de los campos el letargo de quien sufre silenciado.
«…Cien mil agricultores pequeños, que viven y mueren trabajando una tierra que no es suya, contemplándola siempre tristemente como Moisés a la tierra prometida».
«Ellos están esperando un fenómeno natural y absolutamente lógico, que es el fallecimiento de alguien. En este caso me han hecho el considerable honor de pensar en mí. Será una confesión de lo que no han podido hacer durante mucho tiempo. Si yo fuera un vanidoso, podía estar orgulloso de que aquellos tipejos digan que tienen que esperar a que yo muera, y ese es el momento».
Privilegiada fecha es la del 10 de abril en la historia patria, y no exclusivamente por los hechos que de forma indiscutible la marcaron, sino por algo mucho más grande, más profundo, capaz de sobrepasar al tiempo, a los hombres, a su impronta: el amor por Cuba.
Un sentimiento, que ha tenido la fuerza suficiente para hilar los instantes definitorios del devenir de nuestro heroico batallar.