Que los sueños de justicia desembarcados días antes en una playa cercana, no encallaran en Alegría de Pío, tras el ataque sorpresa, tiene mucho que ver con los campesinos.
A esa fuerza, Fidel la reconoció entre los salvadores primeros del intento emancipador que estuvo a punto de sucumbir en aquel paraje inhóspito.
En la nocturnidad de hace 130 años, después de la arremetida independentista extendida por un decenio, dejado atrás el exilio, la patria y un puñado de hijos se reencontraron aquí. Desde estas arenas irrumpía una luz para Cuba y Latinoamérica.
José Martí y Máximo Gómez al frente del desembarco, junto a Maceo, liderarían la Revolución que, iniciada 27 años atrás en La Demajagua, había dejado inconcluso el encargo independentista de la Isla, sin haber desaparecido las causas de origen.
Una mesa repleta de exquisiteces pudo no ser tocada en el desayuno del 27 de junio de 2002, por efecto de la inapetencia y la migraña. Debe haberle ocurrido a George Walker Bush, en la Casa Blanca, al amanecer con la noticia de lo que el pueblo cubano había proclamado en su Constitución el día antes: «Cuba no volverá jamás al capitalismo».
La dispersión, el regionalismo, el doble filo contaminado de inconsecuencias e intrigas hirieron hondo el pecho de Cuba. Había que curarla a tiempo, y evitar otras desgarraduras. Había que salvarla.
Previas observaciones «clínicas», al pie de la herida, con dosis de inteligencia, prédica y amor patrio, un joven comenzó a gestar la pócima salvadora: la unidad; esa costosa e infalible vacuna del archipiélago contra la desunión que frustró su primer intento emancipador y obligó a posponerlo. Surgió entonces la necesidad de un instrumento político, para unir: un partido.
Baraguá, marzo 15, 1878. Cara a cara se vieron la sombra y la luz bajo aquellos mangos «baratos» –soñados así por un forastero con grado de general– que llegó al sitio para cogerlos «bajitos», como lo hizo antes en México, Marruecos, y en su propia España, frente a la llamada «resistencia carlista» de Cataluña y Navarra; contiendas todas de las que, con ayuda de sobornos, intrigas, fusilería y discursos edulcorados, su sable colonizador emergió victorioso; smart power (poder inteligente) le llaman hoy a esa doctrina.
¿Qué pensamientos, qué imágenes, qué sensaciones poblarían sus memorias, minutos antes de la explosión?: ¿La patria añorada? ¿La Habana ante los ojos que la admirarían desde las ventanillas del avión, cuando descienda a la pista…?
A la espera, tal vez sonrisas, abrazos, el beso de unos labios que aguardan temblorosos… Acaso en la Isla las miradas delataban quién sabe cuánta ansiedad, anunciando episodios de orgullo materno, del gritar, al recibirlo, «ese es mi hijo campeón».
El primer sol de mayo iluminó la mañana de Cuba, cuando una avalancha de humanidad se aproximó al hogar, que es uno y millones, una plaza y una pupila en desvelo, en Venezuela o en el IPK, en Sudáfrica o en Lombardía.
De alguna manera desfilamos también allí donde algún alma cubana, para salvar, se expone. «¿Qué importan los sacrificios de un hombre o de un pueblo, cuando está en juego el destino de toda la humanidad?», aprendimos de un médico guerrillero que lo repite desde una plaza de Santa Clara.
Obedeciendo más al apremio del reloj que al sentido común, y sin darle mucha importancia a las bravatas de la madre natura, salimos al encuentro del héroe: o lo entrevistábamos ahora o perderíamos el testimonio. Con la agenda llena, y casi nada de tiempo, solo quedaba una opción: desafiar la amenaza.