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El líder de la Revolución Cubana diseñó la estrategia de desarrollo del Valle de Caujerí, región agrícola que floreció tras su memorable presencia allí.
Cómo olvidar aquella presencia suya allá en Alto de Quimbuelo y en aquel hermoso valle que, a los pies de ese altozano inmenso, ya no es ni la sombra de lo que fuera y donde precisamente ideó justo lo que sucedió después.
Más que su notable obra y su popularidad, la intelectual matancera Carilda Oliver Labra será recordada de modo muy especial por su épico poema Canto a Fidel, una diana de guerra indisolublemente ligada a la epopeya histórica de la Revolución Cubana y a un hombre extraordinario.
La joven echó su pelo rubio y copioso hacia atrás, con sus maneras de siempre, y miró fijamente hacia las aguas de la bahía matancera mientras transitaba el puente de Tirry, dispuesta a emprender un nuevo día de aquel amordazado año de 1957.
Desde que tengo uso de razón política estuve oyendo hablar sobre qué pasaría el día que Fidel no estuviera al frente de Cuba. Recuerdo un documental de la Escuela de Cine de San Antonio que vi hace años en una de las Ferias del libro que se hacían en Pabexpo: Un hombre habla por un teléfono público y le disparan a boca de jarro la pregunta de marras, “la debacle”, respondía el interrogado con una expresión facial acorde con esas dos palabras.
El 5 de junio de 1958 el campesino Mario Sarol, cultivador de café de la Sierra Maestra, había llegado a toda carrera al campamento rebelde cercano y mostrado a Fidel Castro fragmentos de los cohetes que habían hecho pedazos su casa hacía un rato.
Durante la visita histórica de Obama a Cuba del 20 al 23 de marzo de 2016 estuve comentando el acontecimiento en La Habana junto con colegas cubanos para la red televisiva telesur, con sede en Caracas. Del lado cubano, el acontecimiento parecía eclipsado ante la brillante intervención diplomática del Presidente Raúl Castro y del Ministerio de Relaciones Exteriores llevada en una situación compleja.
Se puede saber tanto de un hombre por sus detractores como por sus admiradores. “Fidel Castro era tal vez el líder revolucionario en el poder más genuino de aquellos momentos”, escribió Henry Kissinger en el último volumen de sus memorias.
Sin recortes a la igualdad. Sin resquicios discriminatorios. Plena en su incorporación a cuanto quehacer le demande la vida, ya sea en el trabajo, en el hogar, en los escenarios políticos, en la sociedad toda. Digna y preparada, labrando sin titubeos su empoderamiento, aún limitado.
Los veteranos de Granma recuerdan sus jornadas nocturnas en la dirección del diario, mientras revisaba editoriales escritos por él, pulía una nota u orientaba pautas para el abordaje de temas candentes. Indagaba por la actualización de las últimas noticias, las reacciones de la opinión pública ante determinados asuntos y dialogaba intensamente con directivos, redactores y con los compañeros de la dirección del gobierno que lo acompañaban en aquellas incursiones.
La política cultural de la Revolución tuvo una importante definición durante los encuentros que sostuvo Fidel con escritores y artistas cubanos en la Biblioteca Nacional José Martí en el verano de 1961.
“Ténganme por uno de ustedes” dijo una vez el Comandante en Jefe dirigiéndose a los periodistas cubanos, y en otra escribió que con ellos se sentía en familia.
De no ser demasiado largo habría titulado estas estampas: El humanista y el humanismo de Fidel. Son bastantes las experiencias que corroboran estas particularidades de él. Una y otra vez me vienen a la mente hechos que lo demuestran y de los que fui testigo, en diferentes momentos. Como periodista me referí a ellos y otros muchos.
ESTAMPA 1
Alguna vez afirmó Fidel Castro que su mérito mayor es haber sobrevivido. Ahora que lo escribo, no sé si pensaba en él o en la revolución que forjó y dirigió por más de cincuenta años. Las dos supervivencias fueron igualmente muy difíciles y meritorias. Podría decirse que excepcionales.
Los líderes latinoamericanos que habían osado desafiar el poderío del gran capital de los Estados Unidos, habían tenido que huir de sus propios países o habían sido muertos o asesinados como retribución por la osadía. Tampoco habían perdurado los cambios sociales que llevaron a cabo.