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Reflejos de una época

Datum: 

20/12/2016

Quelle: 

Revista Bohemia

Conocí a Frank desde niño, porque éramos del mismo barrio, pero no fue hasta después que establecí relaciones con él. Cuando ocurrió el golpe de Estado del 10 de marzo todavía era un muchachito y sin embargo, a partir de las primeras manifestaciones que empezamos a hacer por las calles de Santiago lo vimos descollar rápidamente como figura, e igual como dirigente estudiantil en la Escuela Normal de Maestros. Ya se le observaba en otra posición: era respetado, era querido, se destacaba, un joven que a los 17 años resultaba tremendamente serio, organizado y reflexivo. Por ese tiempo estaba pensando en la mejor manera de iniciar la lucha e inclusive intentó ingresar en la escuela de aviación de Batista, para trabajar contra la tiranía desde dentro del ejército.
 
Militamos juntos en el Movimiento Nacional Revolucionario que existió efímeramente, aunque él había pertenecido antes, como Otto Parellada, Casto Amador y otros compañeros, al de Acción Libertadora. Siempre andaba tratando de atraer para la causa a los jóvenes con más perspectivas, pero sobre todo de conseguir armas, esa era su obsesión. Desde un principio lo recuerdo hablando de alzarse; de ir a las montañas, de ese tipo de cosas.
 
Más tarde, con los compañeros más avanzados de aquellas organizaciones, Frank fundó la Acción Revolucionaria de Oriente (ARO), que tomó el nombre de Acción Nacional Revolucionaria cuando sus ramificaciones llegaron a parte de Camagüey. Finalmente, nos integramos al Movimiento Revolucionario 26 de Julio. Ya en el año 56 lo mejor de cada grupo había pasado a fundirse con la organización creada por Fidel.
 
Encuentro con Fidel
 
Empecé a conocer al compañero Fidel el 26 de julio del 53. Es decir, a conocerlo de nombre cuando días después se fue propalando quiénes eran los atacantes al Moncada y que los dirigía un abogado joven proveniente de la ortodoxia. Hasta entonces no sabía nada de él pero a partir de aquello comencé a mirar hacia Fidel, como todo nuestro pueblo. Fue una figura que impresionó mucho debido a los sucesos del Moncada. En los primeros momentos la gente se preguntaba el porqué de la acción, y la respuesta nos llegó con su autodefensa ante el tribunal de la tiranía que pretendió juzgarlo.
 
En mi caso, sucedió así: un día estaba en la Universidad realizando una práctica de azúcar y se me acercó un compañero para entregarme un ejemplar de La historia me absolverá. No sé cómo saldría lo que estaba haciendo, porque allí mismo empecé a leer… Mi impresión fue magnífica, como la de todos. Era prácticamente un programa, revelador no solo de un hombre valiente y arriesgado sino con preocupaciones profundas, planteamientos críticos muy agudos, ideas revolucionarias ya conformadas, que recogía y plasmaba tantas y tantas inquietudes nuestras, incluso aquellas que no sabíamos cómo exponer en un momento dado. Para nosotros, jóvenes a quienes no convencían los elementos que habían tratado de captarnos con anterioridad, el alegato de Fidel trazó un camino. Nos hizo conocerlo y confiar en él y resultó muy importante para nuestra formación.
 
Ahora bien, no vi personalmente a Fidel hasta el verano del 56. Cuando el grupo nuestro –de Frank–pasó a fundirse oficialmente con el MR-26-7, yo estaba en Estados Unidos cursando un postgrado y desde allá pude establecer contacto por carta con algunos miembros del Movimiento. A la hora de mi regreso les pregunté si hacía falta que hiciera escala en México para recoger cualquier encargo de Fidel, y en el instante preciso de preparar mis maletas para el viaje a Cuba me avisaron por teléfono que sí, que fuera.
 
A pesar de las dificultades para conseguir pasaje –el turismo hacia México era muy grande–, logré resolverlo todo y pude ver a Fidel por primera vez, creo que el 16 de junio. Nunca olvidaré ese día. Estaba esperándome en el aeropuerto, con Raúl y tres compañeros más, y traía una orquídea en la mano, que me entregó como bienvenida.
 
Fuimos a la casa de una colaboradora y allí me alojaron. Luego a otro lugar donde tenían armas escondidas. Me las mostró con una atención muy delicada conmigo, que no era más que una muchacha nueva en el Movimiento. Me presentó a los compañeros y asistimos a la boda de uno de ellos. Esa noche, Fidel me entregó todos los materiales que debía traer a Cuba –mandaba a pedir mapas y el detalle de las lunas, para cuando embarcara hacia acá–, me habló de Frank, de lo que hacía Frank y lo formidable que era, y me dio orientaciones de trabajo. Después se despidió y no volví a verlo hasta la Sierra.
 
Desde antes de llegar a México yo tenía una idea concreta sobre Fidel, pero cuando lo vi actuar en persona todo aquello quedó completamente confirmado. Recuerdo, a mi regreso a Santiago, unos compañeros de proyección marxista me preguntaban acerca de él, cómo demostraba pensar, y yo les respondía que no me era posible afirmar que él fuese comunista porque no lo sabía –y, si lo era, tampoco me lo iba a decir a mí, prácticamente una desconocida–, pero uno lo sentía como la persona honrada y honesta de verdad, capaz de hacer cuanto había planteado. Estaba segura de eso y así se los dije.
 
Preparativos
 

“Con los compañeros más avanzados,
Frank fundó la Acción Revolucionaria
de Oriente (ARO)”.

Se me encargó trabajar en la preparación de los botiquines que se instalaron en varias casas de Santiago, fundamentalmente en la organización de los cursos de primeros auxilios para el personal que se ocuparía de ellos. Pero, aparte de eso, Frank me asignaba otras tareas porque, como yo tenía y manejaba el carro de mi familia, aprovechábamos esa circunstancia y me mandaba a buscar armas, balas y cuanto fuese necesario.
 
A partir de septiembre del 56 Frank me sacó de lo que venía haciendo por orden suya y me encomendó atender a Armando Hart y Haydée Santamaría, que venían de La Habana enviados por la Dirección Nacional del Movimiento con vistas a las acciones en perspectiva. Debía conseguirles alojamiento, trasladarlos en carro, estar pendiente de todo. Como estuve casi constantemente al lado de ellos, llegué a vincularme mucho con los dos.
 
En vísperas del levantamiento, todos tuvimos que hacer de todo. Yo participé en el traslado de armas con Rafael Infante, hermano de Enzo, e íbamos a recogerlas a la tienda Carrousel –en Santo Tomás entre Aguilera y Enramada, propiedad de la familia de Suzette Bueno–, donde estaba el depósito. También citar para las 5 a.m. del día 30 al personal de los botiquines, como si se tratase de una práctica para comprobar la disposición de los compañeros. Y cosas así…
 
Pensé que el día señalado iba a trabajar en relación con los botiquines, por mis vínculos previos con la tarea, pero Frank me ordenó otra misión. La noche antes, Hart, Gloria Cuadras y el responsable obrero habían grabado en mi casa una alocución explicando al pueblo los motivos del alzamiento y llamándolo a la lucha, y yo debía llevar la cinta muy temprano a la emisora CMKC, a fin de que fuese trasmitida a las 7 de la mañana. Después debía ver a un enlace en la compañía de teléfonos, reportarle el resultado de la encomienda y, de ahí, a la casa de Suzette, en Punta Gorda.
 
Cumplí todo, aunque lo de la cinta falló porque el hombre comprometido a pasarla se aterró en cuanto me vio llegar a la emisora y a pesar de que habíamos ideado que los compañeros lo amarraran, para salvar su posición, me di cuenta de que no haría nada. En efecto, así fue.
 
Después del combate
 

“Recuerdo cuando Pepito Tey
pasó en un carro dando vivas
a Cuba Libre, a la Revolución y a Fidel”.

Todavía me parece estar viviendo aquella mañana de noviembre, fresquita, con un sol que empezaba a filtrar… Fue el comienzo de un día brillante, lleno de la euforia de todos, porque íbamos a cumplir nuestra tarea. Hasta la posibilidad de la muerte nos producía orgullo y alegría; si había que morir no teníamos duda de que aquella era la mejor manera de hacerlo. Nos desbordaban en el pecho sentimientos tan intensos como los que se experimentan pocas veces en la vida: recuerdo cuando Pepito Tey pasó en un carro dando vivas a Cuba Libre, a la Revolución y a Fidel: y aquel despliegue de brazaletes rojinegros y uniformes verde olivo por las calles de Santiago. Casi diría que todo era como una borrachera de felicidad.
 
Claro, yo no estaba todavía muy consciente de lo que se podría hacer en el futuro, pero tenía la seguridad de que aquello era lo imprescindible para ese día, y cuánta, cuánta satisfacción daba saber cómo uno tenía la oportunidad de estar allí, participar, cumplir con su papel de soldado.
 
Mi vivencia más dolorosa pertenece al día siguiente al enfrentarme a la noticia de la muerte de Pepito Tey. No lo supe enseguida porque avisaron mientras yo estaba fuera de la casa. Pero abro el periódico, leo la reseña, paseo la vista por el resto de la hoja y no me atrevo a mirar directamente a la foto donde aparece baleado. Cuando al fin lo hago, el impacto es tremendo. Pepito era un muchacho tan lleno de vida, además, vecino del barrio, muy cercano a mí, coincidíamos a menudo en las áreas deportivas, y aunque también yo conocía a los otros que murieron, con él tuve mucha más relación.
 
Presencia femenina

 
Participaron muchísimas mujeres, mujeres de muy diferentes edades y capas sociales, que bordaban brazaletes y cosían uniformes, trasegaban armas, conseguían medicinas, casas donde esconder a compañeros, carros para movernos… Atendieron los botiquines del 30 de noviembre y muchas de ellas fueron luego utilizadas en el Movimiento de Resistencia Cívica para hacer gestiones cuando cogían a la gente presa, presionar ante las embajadas diplomáticas por el respeto a los derechos humanos, etcétera.
 
Aunque en fase posterior sí veremos a la mujer participando directamente en acciones y sabotajes, e incluso como guerrillera en la Sierra, en el levantamiento del 30 de noviembre no se la concibió todavía como combatiente, en sentido general. Quizás eso pudo deberse a que no eran muchas las que entonces pensaran en sí mismas con posibilidades de desenvolverse con suficiente soltura en el manejo de las armas. Hubo excepciones, entre ellas la compañera Electra, y luego algunas nos fuimos entrenando y así, poco a poco, el mismo desarrollo de la lucha en el llano y la montaña fue propiciando el cambio de la situación y la mentalidad. Pero, de cualquier forma, el sexo nunca fue obstáculo, ni aun al principio, para tomar parte en los enfrentamientos revolucionarios de esos años.
 
Estrategia total
 
Fue una gran acción que aglutinó a todo Santiago, y el hecho de aceptar el riesgo diario de morir era algo en lo que antes no pensábamos y desde entonces se convirtió en una cosa natural. A partir de eso, uno se puso en función completa de la lucha, yo prácticamente ni veía ya a mi familia, todo mi tiempo estaba dedicado al trabajo de la Revolución, me integré a ella de forma absoluta. No diría que significó un gran desarrollo político, pero sí una toma muy clara de conciencia del deber hasta su última consecuencia, de la entrega total.
 
[…] estoy rememorándolo todo y me parece que fue ayer, todavía siento el mismo regocijo, esencia de aquellas horas. Y pienso en los jóvenes de hoy, en la importancia de que conozcan a los muchachos que aquel día pelearon sin tener aún una formación política, pero sí con la responsabilidad de saber que podían dar la vida por la patria y por una existencia mejor para el pueblo. Eso sí había el 30 de noviembre de 1956, aunque no hubiera otra conciencia mayor.
 
Publicado en la edición de BOHEMIA del 21 de noviembre de 1986.